Acordeón
Al mediodía, unos hombres anunciaron el concierto gritando a voz en cuello por las calles del pueblo. Sería al día siguiente al caer el sol, en una explanada en las afueras. Un gran espectáculo musical, según proclamaban. En el pueblo apenas sucedían cosas como aquella, y el anuncio trajo una ilusión rara vez vista allí.
Maximino no recordaba la última vez que había disfrutado de un concierto de esa clase. Él no era especialmente aficionado a la música, pero recordaba a su padre, quien muchos años atrás tocaba el acordeón algunas tardes. Luego vinieron años duros y se vio obligado a vender el instrumento, y Maximino no volvió a escuchar más esas melodías que todavía hoy podía recordar de memoria. Hacía ya años que su padre había fallecido.
Maximino se vistió con un traje de paño que guardaba para los momentos escogidos, y con pulso débil lustró su único par de zapatos. Cuando llegó la noche, fue hacia la explanada para escuchar la música.
Los músicos habían llegado algo antes de la hora anunciada, y mientras se congregaban los primeros vecinos, habían instalado un escenario improvisado hecho de tablones. Eran tres, con un acordeón, un clarinete y unos tambores. Alrededor de ellos se instalaron algunas sillas, e incluso se trajo de una casa cercana una mesa y sobre ella se puso comida y bebida.
La música fue recibida como todo un acontecimiento, y allí estaba la mayoría del pueblo bailando y canturreando. Compartieron la comida y la bebida, olvidaron todo durante un par de horas. Maximino rechazó la invitación al baile de la señora Pilar, en parte porque era un bailarín muy torpe y no tenía interés en ello, pero también porque quería prestar atención a esas melodías maravillosas y escuchar nota por nota. Muy cerca del escenario, miraba embelesado la actuación sin perder detalle.
Al terminar, los músicos pasaron un sombrero en el que los vecinos dejaron lo que creyeron conveniente. No fue mucho, eran todos gente humilde, y algunos sintieron que no era suficiente para compensar el buen rato que habían pasado.
Fue a partir de la mañana siguiente que empezaron a darse cuenta de las faltas y a intuir la confabulación. El concierto no había sido sino una distracción para que alguien, un compinche de los artistas, entrara en sus casas en mitad de la noche y se llevara las pocas piezas de valor que cada cual guardaba. La noticia de los robos corrió tan rápido como lo había hecho el anuncio del concierto. Se comentaba con rabia en la puerta de cada casa, y cada vecino enumeraba sus pérdidas entre el arrepentimiento y el desprecio.
Maximino echó a faltar unos billetes que guardaba en la cocina, una pulsera de oro que compró de joven y apenas ya usaba, y una navaja de cachas plateadas que un amigo le trajo tiempo atrás de algún lugar lejano. Era todo lo valioso que tenía en su casa.
Maximino se echó a llorar, pero no maldijo, no se desahogó con los demás vecinos ni juró que encontraría a esos músicos ladrones para ajustar cuentas. En su cabeza seguían sonando esas melodías mágicas, el sonido del acordeón, el ruidito musical de los dedos sobre los botones, el aliento vivo del fuelle, tal y como lo escuchaba de su padre décadas atrás. Se apenaba de haber perdido esos ahorros y esos objetos, pero no consideró que aquello fuera un robo, sino el justo pago por un recuerdo.