Causa y efecto

La primera evidencia de nuestra particular conexión se manifestó cuando ambos contábamos diez años. Hasta entonces, no éramos más que dos niños de aspecto idéntico, sin rastro ninguno de ese vínculo sobrenatural que algunos dicen que aparece entre ciertos gemelos.

Esa tarde mi hermano se cayó mientras jugaba al fútbol en el recreo. Se golpeó la rodilla y quedó en el suelo llorando unos minutos, pero no parecía tener ni un solo rasguño. Cuando volvimos a clase, vi que en mi pantalón había una mancha de sangre a la altura de la rodilla, y al remangarme la pernera tenía allí una herida que no sabía cómo me había hecho. No sentía ningún dolor.

Meses después, mi hermano tuvo que llevar muletas durante una semana por culpa de un esguince. Lo curioso es que él no había sufrido ningún accidente, simplemente notó cómo aparecían la hinchazón y la incapacidad para moverse. Esa misma tarde, yo había tropezado en las escaleras de casa y me había torcido el tobillo, aunque aquello no había tenido para mí ninguna consecuencia más allá de un dolor momentáneo e intenso.

El puñetazo que otro niño me propinó hizo que el labio de mi hermano comenzara a sangrar. La comida en mal estado que él probó me causó a mí una intoxicación que me tuvo en cama varios días. Tal parecía ser nuestra condición de gemelos, con aquel extraño reparto de causas y efectos. Las consecuencias de los accidentes que uno sufría no se manifestaban en él mismo, sino en el otro. Él lucía los moratones de mis peleas juveniles, yo vertía la sangre de sus tropiezos.

Comprendimos lo que aquello significaba y a partir de ahí nuestra vida fue cambiando a medida que aceptábamos la circunstancia y nos heríamos el uno al otro involuntariamente.

La inconsciencia de la juventud vino acrecentada por la certeza de no ir a pagar el precio de nuestras imprudencias. Éramos egoístas, no pensábamos en el otro, porque tampoco el otro pensaba en su contraparte. No veíamos en ello más que un simple intercambio de consecuencias, un trueque de repercusiones.

La madurez puso, sin embargo, fin a este desenfreno, y no solo dejamos de comportarnos de aquella manera irresponsable, sino que, progresivamente, desembocamos en una cautela excesiva. Un cuidado exagerado del otro nos llevaba a evitar todo peligro, a ser precavidos de un modo obsesivo. La responsabilidad que sentíamos por la salud del otro era enfermiza.

Siempre hemos tenido una relación muy cercana y fluida, pero si en algún momento discutíamos o nos enfadábamos, de inmediato pensábamos en lo sencillo que sería para cualquiera de nosotros causar daño al otro, y eso nos traía una tremenda inquietud.

Mi hermano acusó con más intensidad esta nueva etapa. Con los años, su vida se redujo al mínimo, apenas salía de casa y todo le asustaba. Le aterrorizaba la idea de que la salud y la vida de otro estuvieran en sus manos, y por momentos no era capaz de soportar esa idea.

—¿Y si me pasara algo? ¿Y si te pasara algo? —se excusaba ante cualquier propuesta que considerara insegura.

Yo intentaba sacarle de esos pensamientos, mostrarle cómo yo hacía una vida relativamente normal a pesar de que mi situación era similar a la suya, y cómo él tenía a pesar de ello una buena salud. Él no decía nada, y su día a día no era sino una sucesión de rutinas saludables y suplementos, junto con actividades en extremo seguras.

—Se puede encontrar un equilibrio— le decía yo, pero él no escuchaba.

Aun así, también a mí me era cada vez más difícil vivir con normalidad, y su estado de paranoia me hacía pensar que quizás yo no lo quisiera tanto como él a mí.

Cuando la situación se hizo insoportable para él y vio que la angustia le superaba, quiso hablar conmigo. Fui a verle a su casa y me confesó que no podía continuar así, que no quería seguir viviendo de esa manera. Me sentí culpable, pero él me dijo que no era mi culpa, y en sus palabras y su actitud entendí que me estaba pidiendo ayuda. También comprendí que él no podía solucionar por sí mismo el problema: si trataba de dar fin a su vida, sería yo quien moriría.

—Siento que tengas que hacer esto —me dijo entre lágrimas.

Lo abracé, ambos lloramos, y le prometí suicidarle aquella misma tarde.

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