Konstantin Schifter. Concierto para Violín nº 16
El Concierto para Violín nº 16 de Konstantin Schifter no es, en teoría, una pieza especialmente difícil. Un violinista competente tiene en su repertorio obras de ejecución mucho más compleja, con una exigencia técnica que supera ampliamente la de esta partitura. Sin embargo, y a pesar de su calidad y el renombre de su compositor, el Concierto para Violín nº 16 lleva décadas sin tocarse en ningún gran auditorio, y no hay orquesta de prestigio que acepte incorporarlo en su programa.
La razón por la que tanto intérpretes como directores rehúsan tocar esta pieza no reside en su dificultad, sino en la maldición que al parecer pesa sobre ella, y que impide que sea llevada al escenario con una interpretación a la altura de su valor musical. En particular, el ya legendario compás 1248, en el tercer movimiento, tiene el dudoso honor de provocar toda clase de errores y accidentes, y no se tiene constancia de ninguna representación en la que el violín solista lo superara de manera solvente.
En el estreno de la obra, el violinista austriaco Fabio Hausle, inesperadamente, no acertó con el arco y regaló a la audiencia un chirrido horrísono que a punto estuvo de arruinar su carrera. Lo que parecía un hecho aislado resultó no serlo tanto cuando, en distintas representaciones posteriores, otros intérpretes vieron las clavijas de sus violines aflojarse en ese compás concreto, alguna de sus cuerdas romperse, fueron aquejados de calambres en una u otra mano, o equivocaron alguna nota, entre otros problemas. La variedad de catástrofes asociadas al compás 1248 era de una riqueza asombrosa. Siendo que el de los músicos es un gremio proclive a la superstición, se entiende que la pieza cayera a partir de ese momento en el olvido.
Era de esperar, a la luz de esta historia, que el anuncio de la Filarmónica de París de tocar el Concierto nº 16 en una de sus futuras actuaciones fuera recibido con expectación y curiosidad por los aficionados. La elección del solista no fue casual: se invitó al israelí Avel ben Galor, cuyo abuelo, también célebre violinista, tuvo la desdicha de interpretar la pieza en público en sus años de más renombre, con el esperado resultado fallido.
En realidad, fue el propio ben Galor quien propuso la idea a la orquesta en cuestión, después de años de analizar la pieza y su historia. En lugar de negar la maldición de la partitura, aceptó su existencia y se propuso desentrañar su mecanismo. Estudió la vida del compositor y el resto de su obra, investigó la historia de todas y cada una de las representaciones fallidas anteriores, así como de sus intérpretes. Buscó patrones ocultos en las notas y los compases, consultó a supuestos expertos en artes adivinatorias y asuntos paranormales. Así, creyó haber descubierto el porqué de aquel temido compás 1248 (cuyo significado también trató de averiguar mediante la cábala y la numerología) y de las distintas tragedias que en él sucedían. Y una vez que hubo comprendido su funcionamiento y se sintió capaz de dominarlo, lanzó su propuesta.
Para añadir aún más interés al evento, el director de la Filarmónica era en ese momento el alemán Jonas Winkler, con quien años atrás el violinista había protagonizado una célebre disputa trufada de insultos y amenazas, la cual había tenido a ambos alejados de los escenarios durante tiempo. Era bien conocido el odio que se profesaban entre sí. No habían coincidido desde entonces, y se entendía que esta colaboración, con un programa tan particular como el que se anunciaba para esa noche, era la ratificación definitiva de una reconciliación entre ambos.
Las entradas se agotaron rápidamente, y era obvio que el interés principal no estaba tanto en la música en sí como en ver lo que sucedía en aquel fatídico lugar de la partitura. Algunos puristas criticaron la elección y la tildaron de burda maniobra de mercadotecnia. Aun si aquello era cierto, resultaba evidente que no era una operación exenta de riesgo.
Avel ben Galor obsequió a los presentes una ejecución perfecta de los dos primeros movimientos del concierto, pese a ser consciente de que tanto para él como para el público aquello no era más que una especie de entremés musical que conducía al verdadero evento de la noche. Al entrar en el tercer movimiento, su convencimiento era absoluto, transmitía una seguridad y un temple rotundos. Con los ojos cerrados, tocó cada nota del compás 1248 con un sentimiento desbordante, con delicadeza, con garra. No se equivocó, nada falló. Sus dedos, su violín y su arco se comportaron con exquisita perfección.
Solo al percibir algo de excitación en el público supo que había llegado al siguiente compás, y que el auditorio al completo estaría ya preparándole su mejor ovación. Los imaginó en sus butacas, conteniendo la respiración antes de llegar a aquellas notas, y ahora cuchicheando en voz baja. Quiso intuir entre las primeras filas algún movimiento, quizás de alguien lo suficientemente emocionado como para levantarse antes de tiempo a aplaudir, que hubiera en último momento reprimido su impulso.
Abrió los ojos para contemplar el auditorio, y luego miró al director de orquesta. Encontró en su rostro un gesto de dolor mientras se llevaba la mano al pecho, dejaba caer la batuta y se desplomaba sobre la tarima.
Avel ben Galor volvió a cerrar los ojos y, con una sonrisa en los labios, continuó tocando el resto de la pieza por encima de los gritos de horror del respetable.