Gancho de izquierda

El espectador promedio suele asomarse por mera curiosidad al ver el tumulto. Se acerca y espera encontrarse algún artista callejero o un accidente alrededor del que se congrega la gente por simple morbo, pero no una pelea de dos hombres a puño limpio. Sin embargo, se queda allí viendo cómo se desarrolla la refriega, no sabe cuánto tiempo va a estar, supone que será algo breve, porque el impulso inicial es resistir el propio deseo de presenciar algo así.

El espectador promedio no se pregunta la razón detrás del conflicto. Toma para sí partido inconscientemente, quizás por el púgil que parece en desventaja, o el de rostro más amigable, pero no se molesta en dilucidar quién tiene razón, quién cometió la afrenta que inició aquella disputa, de qué lado sería más justo estar. Por supuesto, tampoco se le pasa por la cabeza detenerles.

Según pasan los minutos, el espectador promedio va reforzando su preferencia y sufre cuando su luchador predilecto encaja un golpe, o se alegra cuando es él quien le acierta al contrario. Sigue sin plantearse el porqué de esa querencia, de la misma manera que uno no necesita saber por qué ha venido apoyando desde niño a un equipo de fútbol, acaso intuyendo que descubrir algo así le restaría emoción al asunto.

Es entonces cuando los contendientes, sin mediar aviso, sin que uno sepa bien cómo han hecho para ponerse de acuerdo en mitad de los golpes, se detienen al unísono, sacan cada cual del bolsillo un pequeño saquito, y se pasean por la concurrencia reclamando unas monedas a cambio del espectáculo que acaban de brindar. No dicen nada, dan a entender que quizás la rabia y el rencor que había tras cada puñetazo y cada empujón eran verdaderos, aunque no corresponde al público saber los detalles de aquello, y que la pelea, sin embargo, no fue más que un teatro.

Hay quien se ríe y aplaude. Hay quien se indigna y protesta, a lo mejor lanza un desaire o un abucheo. Pero el espectador promedio, confrontado con la realidad de lo que acaba de sentir, puesto ante la verdad su propio interior, se busca rápido una moneda en el bolsillo. Él, que nunca tuvo interés por ir a una velada de boxeo o ningún evento similar, que incluso considera que aquellos son entretenimientos bárbaros, ha sucumbido al espectáculo del odio espontáneo, de la rabia, de la violencia natural y humana, y deja el dinero como por así purgar la culpa que le acecha o comprar el silencio de los que le han visto seguir con atención el combate.

Inmediatamente, se aleja de allí avergonzado mientras los peleadores se toman un descanso antes de ofrecer un nuevo pase de su función.

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