Impostor

Quién no ha recibido alguna vez una llamada equivocada. Uno descuelga el teléfono y al otro lado hay alguien que se confundió al marcar un dígito y esperaba hablar con otra persona. Dos desconocidos se comunican durante unos pocos segundos para deshacer el malentendido, y el mundo sigue su curso sin alteración ninguna.

Más extraño es cuando esta clase de equívocos los sufre uno con exagerada frecuencia, y no solo por vía telefónica, sino por cualquier otro canal de comunicación. Y ese vino a ser, al parecer, mi curioso poder desde hace años: el de comportarme como un imán que atrajera hacia sí todos los desatinos referentes a señas de cualquier tipo.

La casuística era variadísima. A veces se trataba solo de una cifra incorrecta, o bien un carácter mal tecleado en una dirección de email. Otras, la similitud entre la coordenada buscada y la mía era casi inexistente, y ni yo ni la otra persona acertábamos a saber cómo había podido suceder algo así.

El contenido de esas comunicaciones que me llegaban por error también era de lo más variopinto. Mensajes irrelevantes, amenazas, declaraciones de amor, propuestas diversas, paquetes de toda clase y tamaño.

Cada semana recibía al menos un envío o llamada para la cual yo no era su legítimo destinatario.

Al principio, me limitaba a hacer saber su error a la otra persona. Si era una llamada, se lo comunicaba directamente; si se trataba de una carta o un correo electrónico, me tomaba la molestia de devolver otra misiva avisando de la equivocación. Con el tiempo, según iba viendo lo extrañamente habituales que eran estos deslices, comencé a cambiar mi proceder, y las aceptaba como si fuera yo el verdadero destinatario. Primero, solo con aquellas en las que mi persona pareciera encajar, pero más adelante también con las que me resultaban anodinas o incluso podrían buscarme algún que otro problema. E incluso si parecía improbable que pudiera hacerme pasar por el destinatario original, tomaba su lugar y participaba a partir de ese punto.

Supongo que todo esto se precipitó cuando recibí aquellos mensajes bastante atrevidos de una mujer a la que no conocía. Me quedé azorado, pero decidí seguirle el juego. La conversación subió de tono, y al cabo de un rato ella me propuso quedar «donde siempre». Fue entonces cuando tuve que revelar mi engaño, pero ella, tras la indignación inicial, dijo que aun así deberíamos encontrarnos y ver qué sucedía. No voy a contarle lo que ocurrió después, pero podrá imaginarlo.

En mi casa atesoro objetos de lo más extravagante obtenidos de esta manera, y las conversaciones y relaciones más intensas que he disfrutado en mi vida han arrancado así, con una llamada o mensaje que no era para mí.

Llegó un momento en el que acabé por agotarme. Me vi sobrepasado por la cantidad de llamadas, mensajes y cartas que recibía, y sobre todo por el esfuerzo que me era necesario para mantener tal variedad de imposturas. Consideré la posibilidad de cambiar de número de teléfono, mudarme a otra casa, obtener una nueva dirección de correo electrónico, pero no estaba siquiera seguro de que aquello fuera a funcionar; temía que lo mío fuese una maldición asociada a mi persona y no a esos datos, y que me persiguiera aunque cambiara estos. Cuando creía no poder soportar más esa circunstancia, los errores dejaron de producirse, y la única vida que quedó a mi alcance fue la mía propia.

Lo que en principio entendí como una buena noticia, resultó ser una experiencia mucho más difícil de tolerar de lo que creía. En lugar de ser un alivio, esta nueva situación se asemejaba más a una tortura. Mi vida se convirtió en algo deprimente e insulso. Mi teléfono apenas sonaba, mi buzón estaba vacío la mayor parte del tiempo. No soportaba la predictibilidad de mi destino. Pronto comencé a añorar el poder vivir todas esas otras vidas, usurpar su lugar a través de la puerta que me abría una dirección mal indicada o un número marcado con dedos torpes.

Ese tiempo, sin embargo, duró poco, y me vi de nuevo en mitad de toda clase de errores, incluyendo algunos en los que no recordaba haberme visto involucrado antes, y que alteraban mi vida de maneras hasta entonces desconocidas. Al inicio de este nuevo periodo, recibí por error una citación médica que en realidad correspondía a una persona con el mismo nombre y apellidos que yo. Sin dudarlo, acudí en la fecha establecida a la consulta de un especialista que no debía haber visto antes al verdadero paciente, porque no se extrañó al atenderme. Tampoco me exploró, solo comentó unas pruebas y análisis que se habían realizado recientemente y ahora habían llegado a él para que los evaluara.

—No vamos a hacerle más pruebas, esto es más que suficiente —dijo—. No le voy a engañar, el pronóstico no es bueno —añadió con tono grave.

De pronto sentí que aquel veredicto me resultaba de lo más estimulante, por cuanto yo me sentía en plena forma, lleno de salud, y el contraste entre mi verdadera persona y la que en ese momento suplantaba era inmenso.

Escuché atentamente la descripción de los graves males que se me asignaban, con una emoción que iba creciendo sin descanso. El médico me extendió unas recetas y me dio una serie de citas para que me sometiera a unas sesiones de tratamiento a lo largo de las siguientes semanas.

De vuelta en casa, me pregunté si quería seguir manteniendo esa mentira, ahora que las consecuencias podrían ser dañinas. A pesar de las dudas iniciales, resolví convencido que tomaría aquella medicación y me presentaría puntual a cada una de esas sesiones. Incluso sentí algo de emoción al imaginar el efecto, probablemente negativo, que tendrían en mi salud. Estaba decidido a seguir hasta el final todas las oportunidades que se me presentaran de experimentar vidas distintas a la mía.

Voy olvidando poco a poco mi propia identidad, a medida que acepto cada uno de estos desafíos, hoy más frecuentes y profundos que nunca. En esta mezcla de situaciones dispuestas para otras personas, espero el desenlace que sospecho que no tardará en producirse. Hace tiempo que he asumido que, si mi vida la compongo a partir de retales ajenos que no me pertenecen, es de suponer que un día habrá también de llegarme una muerte que no me corresponda.

← · ↩ Índice · →