Duelo

El coche que venía de frente invadió su carril y él le dio una ráfaga con las luces largas. Era todavía de noche, no había más vehículos en la carretera. Al avanzar vio sobre el asfalto un animal muerto y entendió que aquel otro coche simplemente había tratado de esquivarlo. Lo vio un solo instante, pero por el tamaño y el color algo anaranjado, más brillante al quedar iluminado por los faros del coche, supo que era un zorro. Había visto toda clase de animales muertos en aquella carretera que cogía cada día, sobre todo pájaros, los habituales gatos y perros, algunos corzos, una vez un tejón, pero no recordaba haber visto antes ningún zorro.

Ocupó su mesa en la oficina e intentó trabajar. Habían pasado algunos días ya, pero aún le era difícil. Ahora la cabeza no paraba de recordar las últimas palabras, los últimos momentos juntos, toda suerte de episodios finales, algunos de lo más banal y ridículo. No le molestaron mucho, avanzó como pudo en un proyecto que tenía ya abierto y no era demasiado urgente, y no vinieron a darle más tarea.

En el camino de vuelta el zorro seguía ahí. Ahora fue él quien invadió el carril contrario para evitarlo. Le pareció que el color era menos brillante, no era ya el mismo animal. Al pasar cerca, espantó unos pájaros que andaban rondando el cadáver.

Al día siguiente no había otros animales, solo el cuerpo en mitad del asfalto y ninguna alimaña cerca. Tampoco otros coches, así que pudo bajar la velocidad y mirarlo. Además del color, también parecía haber perdido volumen.

A media mañana notó una mano en su hombro. Era Castillo, que hasta entonces había estado en un viaje para ver a un cliente y no había hablado con él todavía. Se levantó y el otro le dio un abrazo. Luego bajaron a la cafetería y la conversación le supo extraña, fuera de lugar, todo lo anacrónico que puede resultar un pésame.

Al terminar el trabajo no volvió a casa, sino que se quedó haciendo unas gestiones. Bancos, notarios, registros, en algún momento tenía que arrancar con toda aquella burocracia.

—Si necesitas ayuda con eso, pregúntame, que yo lo tengo más o menos reciente —le dijo otro compañero.

Él agradeció el ofrecimiento, pero pensó en lo poco reconfortante que resultaba aquella hermandad de los deudos.

Cuando alcanzó la carretera secundaria ya era de noche. El zorro seguía ahí, y no había coches viniendo de frente, pero ya no cambió de carril. El animal parecía más pequeño, así que trató de sobrepasarlo sin pisarlo con las ruedas. Apenas notó un minúsculo bachecito en la rueda derecha.

El jefe vino a verlo al día siguiente. Le invitó a comer, algo que no había hecho nunca antes. Fue una comida breve, y al final acabaron hablando de temas de trabajo.

Esa tarde, el animal ya no parecía ser tal. Era poco más que un pellejo. Ningún coche aminoraba la marcha ni se desviaba, pasaban por encima como si no estuviera ahí. Se preguntó si alguien lo quitaría, si no había un servicio encargado de esa clase de mantenimiento.

Por la mañana solo estaba la sangre. Justo cuando había pensado aquello, debían haber venido a retirar lo que quedaba. Aunque la verdad es que era tan poco que bien podría haber desaparecido por el paso de los coches. Una imagen muy desagradable, se dijo, y eso le trajo algunos recuerdos incómodos.

Un superior vino a protestar por un informe con errores. Díez le enviaba demasiadas propuestas para corregir, y los de administración no paraban de llamarle.

No pudo irse a su hora, tuvo que terminar un documento que alguien consideró que era urgente. Condujo de vuelta a casa mecánicamente, no prestó atención al tramo en el que antes estuvo el zorro y en el que ahora solo quedaba el color de la sangre.

Se sentó en el sofá, encendió la televisión, se sirvió algo de beber. Cuando se sintió algo más descansado, bajó al trastero a por unas cajas de cartón y en ellas empezó a meter ropa que entregar a la beneficencia.

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