Una dedicatoria
Elisa Navarro fue el gran amor de mi vida. Pasé junto a ella más tiempo que con ninguna otra pareja, siempre en una sintonía casi inverosímil, y con una felicidad que no he vuelto a encontrar al lado de nadie. Luego las circunstancias de cada cual complicaron la relación, nos vimos obligados a la distancia, y a pesar de la promesa algo inocente de intentar que el amor sobreviviera a las dificultades, fuimos alejándonos y entendimos que nuestro destino era otro. Años después ella volvió a la ciudad, la situación nos era más favorable, pero a ninguno se nos ocurrió que fuera buena idea retomar el ensueño de otro tiempo. Perdimos el contacto hace algunos años.
Elisa fue, además, la única compañera de cuantas he tenido que comprendió completamente mi relación con los libros. No compartía en toda su intensidad mi pasión por la literatura, pero sabía de ella y disfrutaba conociendo esa parte de mí. Yo le dejaba libros que ella leía y comentábamos después, y de vez en cuando le compraba algunos de mis títulos más queridos y se los regalaba con unas dedicatorias extensas. Ella los iba poniendo en una balda separada en la estantería de su habitación, donde guardaba únicamente esta pequeña biblioteca personal que yo iba formando.
No eran libros exóticos. Muchos eran clásicos, siempre en ediciones sencillas, porque yo entonces no podía pagar nada más exclusivo. En las librerías de viejo encuentro a veces alguna de esas ediciones y no puedo evitar recordar a Elisa y pensar en nuestros intercambios lectores. También ella me regalaba libros, acabó por entender muy bien mis preferencias y escogía títulos que solían gustarme. Decía siempre que ella no tenía talento para escribir, que se le daba mal eso de poner una dedicatoria, pero aun así lo hacía y yo me emocionaba leyendo sus palabras. Guardo todos esos libros con mucho cariño y, al igual que ella entonces, los tengo en un lugar separado de mi biblioteca.
Había quedado con un amigo y llegaba antes de la hora, así que entré en una librería de viejo para matar el tiempo. No tenía intención de comprar mucho, solo me divertía sacando algunos libros y hojeándolos. Encontré entonces un tomito que yo recordaba haber regalado en aquel tiempo a Elisa, y lo saqué para mirar sus páginas y disfrutar así de aquella memoria. Estaba lleno de subrayados hechos a lápiz, y me pregunté si Elisa haría eso también. Me di cuenta de que no lo sabía. Luego me pregunté, en caso de que así fuera, qué frases subrayaría ella, y si acaso tomaría notas en los márgenes.
Al abrir el libro por la primera página, me encontré de repente con mi propia caligrafía. Allí estaba, frente a mí, la dedicatoria que yo mismo había anotado hacía años, escrita de mi puño y letra. Aquel era el ejemplar de Elisa, el que yo le había regalado. Descubrirlo me produjo una tristeza inmensa, y al instante una indignación que se me hizo difícil soportar.
Hice memoria de algunos otros libros que le había regalado y me puse a buscarlos por la librería. Solo encontré uno más, pero bastó para convencerme de que todos ellos, toda esa colección de libros dedicados por mí, habría pasado en algún momento por allí. Que Elisa se había deshecho de ellos por alguna razón sobre la que preferí no elucubrar.
Compré esos dos tomos que ahora me avergonzaban, como si fueran la demostración de un fracaso expuesta a la vista de cualquier extraño. Le pregunté al librero si sabía de dónde venían los libros o en qué fecha los habían recibido, aunque intuía la respuesta. Me dijo que no llevaban un registro tan detallado.
—La mayor parte los compramos por lotes, una biblioteca entera. Lo más normal es que alguien muera y los herederos nos vendan todos sus libros.
La decepción y la rabia desaparecieron, dejando de nuevo paso a la tristeza.
Al volver a casa, coloqué los libros en la estantería, junto a los que ella me regaló.
Elisa Navarro fue el gran amor de mi vida.