Diario
Hasta alcanzada la jubilación, mi madre no mostró ningún interés por lo esotérico. Al contrario, durante la mayor parte de su vida descreía de cualquier vidente o quiromante y juzgaba ridícula toda materia que tuviera que ver con lo místico. A cierta edad, sin embargo, se desarrolló de pronto en ella una pasión desmedida por esta clase de asuntos. Compraba libros, escuchaba programas de radio, estudiaba cualquier testimonio que pudiera encontrar sobre algún suceso misterioso.
La epifanía que llevó a mi madre a abrazar el ocultismo fue, según ella misma contaba, la aparición de una repentina capacidad de adivinar el futuro. La llegada de la clarividencia le dio la confirmación de que todo aquello que ella antes rechazaba era en realidad cierto, y le abrió los ojos a un nuevo mundo que ahora quería estudiar y dominar.
Por supuesto, nadie en la familia se tomó aquello en serio. Nos pareció una simple extravagancia explicable por la edad, y como aquella nueva afición suya no parecía entrañar riesgo, la dejamos hacer. Ella se estrenó con un par de alocadas predicciones que no sucedieron, y que los demás recibimos con una mezcla de lástima y mofa mal disimulada. Nuestra reacción la desanimó de volver a compartirnos sus profecías. Siguió obsesionada con el ocultismo, pero ya no tuvimos noticia de ningún otro vaticinio por su parte.
A la muerte de mi madre, encontré en su casa toda clase de parafernalia mística, y entre ella una colección de cuadernos en los que al parecer había ido anotando regularmente sus progresos en las artes adivinatorias, amén de otros sucesos en apariencia más mundanos. En otras palabras, lo que vendría a ser una suerte de diario íntimo de alguien que cree poder prever el futuro de las más diversas maneras.
Tiempo después, me asomé por curiosidad a esas páginas con más detalle, como una manera de recordar a mi madre. En esta lectura pausada descubrí que el diario no era en realidad tal, sino un compendio de visiones y predicciones. Las entradas estaban escritas no en presente o en pasado, sino en futuro. Ella simplemente consignaba en los cuadernos sus premoniciones y presentimientos.
Las anotaciones estaban calendadas con exactitud, por lo que pude verificar rápidamente ciertas fechas y acontecimientos relevantes. Por ejemplo, encontré allí el fallecimiento de mi padre años atrás, el accidente de mi hermano, la boda de mi sobrina o la rotura de cadera de mi propia madre, que se ve que no fue capaz de evitar a pesar de, supuestamente, conocer con antelación el día en que iba a producirse.
Lo primero que pensé, claro está, fue que aquello era un diario cualquiera, escrito según habían ido sucediendo esos acontecimientos, aunque modelado intencionadamente para adecuarse a las extravagantes creencias que mi madre había cultivado en sus últimos años. Salvando el hecho de usar ese tiempo verbal de futuro, todo lo demás era por completo normal. Me resistía a creer que mi madre había escrito todas esas descripciones tan exactas días antes de que los hechos tuvieran lugar, yo no creía en aquellas cosas. Sin embargo, según iba leyendo, me iba dando cuenta de que me aproximaba a la fecha en la que ella había fallecido y que aún quedaban bastantes páginas por leer. No solo eso, sino que incluso quedaba un cuaderno completo posterior a aquel.
Leí no sin alguna lágrima el recuento que mi madre hizo de su propia muerte. Ese día la entrada era más larga de lo habitual, con toda clase de detalles en apariencia banales. Deduje que había querido plasmar su visión con la mayor precisión posible, acaso por reconocer, llegado el día, que lo predicho se cumplía en su totalidad y tener así certeza indudable de su final.
Con una sensación muy extraña leí también algunos de los días posteriores. Todo se contaba con la misma dedicación, de la misma manera, y en la medida en que yo podía recordar esos días no tan lejanos, había sucedido exactamente lo que estaba escrito. Seguí leyendo con ansiedad todos los días hasta el presente, solo para corroborar que no había lugar a dudas: mi madre había sido capaz de ver el futuro.
No compartí el descubrimiento con nadie. Tampoco caí en la tentación de leer sobre los días del mañana que aún no habían llegado. Desde ese momento, fui leyendo al final de cada jornada lo que mi madre había escrito sobre ese mismo día, y nunca encontré ni un solo error. La muerte de mi hermano, mi despido del trabajo y el nuevo empleo que encontré meses después, la graduación de mi hija en la universidad, todo había sido predicho con exactitud por mi madre. Me pregunté cómo sería si yo hubiera sabido de esos episodios con antelación gracias al diario, pero me convencí de que hacerlo tendría demasiadas consecuencias negativas y no valía la pena.
He leído puntualmente los cuadernos de mi madre cada noche hasta convertir este gesto en una rutina que no creía que fuera a faltarme nunca. Hasta hoy, cuando he llegado al final. El día de mañana no aparece, su clarividencia no llegó hasta esa fecha. Esta es la entrada que lo cierra:
Hoy leerás este último apunte de mi diario. Te quiero mucho, hijo.
He sentido que es ahora, esta noche, cuando comienza en realidad mi libertad y mi duelo.