Porque nunca guardé otra fe
Porque nunca guardé otra fe
más que ese miedo encendido a no tenerte,
también yo soy el blasfemo
que en las noches tristes
maldijo a su pequeño dios
y a un paso estuvo
de vender su alma a cualquier precio.
Mucho tiempo después,
ya no duelen las heridas, pero quedan
los símbolos que alumbran el arrepentimiento,
como estas feas cicatrices entonces sin importancia
que ahora me dicen que de niño
debí haber sido más cuidadoso.
Para salvarme de todo aquello,
debí haber olvidado mis rezos,
las tablas de la ley de tus cartas breves,
los símbolos sagrados que aún conservo.
Y haber arrojado al fuego
mis ídolos de barro,
tú entre ellos.