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Pero este no es un libro sobre mis pérdidas, pasadas o futuras. Sobre mi padre o mi madre, sobre lo que han dejado o dejarán. Sobre duelos ya consumados, o consumidos, o todavía por consumir. Este es un libro sobre mí mismo. Sobre mi herencia volátil. Sobre cómo estas mismas palabras, este libro, son en cierta manera mis propios fungibles, lo que quedará de mí para ser consumido un día. Porque el libro estará ahí siempre, podrá leerse una y otra vez, pero es probable que nadie se asome a estas páginas más que cuando yo ya no esté, y quien lo haga entonces, supongo que mi hija, solo podrá leerlas por primera vez en una ocasión, gastará la única manera que le quedará de sorprenderse al saber algo acerca de mí.
Estoy escribiendo para ella la última oportunidad que tendrá de seguir conociéndome.
La muerte trae consciencia. Nos hace conscientes de la brevedad de la vida, del carácter efímero de todo lo que somos y tenemos. Pero también, en cuanto uno reflexiona y observa con esa nueva mirada, del significado de cada acción y de la huella que esta deja. Se nos abre el abismo antes inexistente de lo incompleto, de lo que podría quedar a medio hacer si nos ausentáramos en este mismo instante. Y descubrimos que, ante esa posibilidad, nuestro quehacer diario contiene un universo de posibilidades y destinos, desde rastros que van a desaparecer casi al mismo tiempo que nosotros a señales y piezas que tomarán a los ojos de otros categoría de icono.
Es lúgubre, pero también muy edificante, el pensar en lo que habría de quedar inacabado si la vida se detuviera en este mismo momento. El significado de nuestra circunstancia actual, la importancia que tendría cada pieza. El tiempo durante el que habría de permanecer así.
En el libro que leo ahora, un marcapáginas. Señal de lo que ya recorrí y de lo que aún me falta por descubrir. El libro es lo inerte, lo que no me cuenta, solo contexto. El rectángulo de cartulina es quien contiene el misterio, la acción, la dinámica ahora detenida pero no por ello finalizada.
No seguirá ahí por siempre. Otra lectura concluirá la mía, terminará lo que yo no pude concluir. Y de no suceder, querrá decir que este será un libro ya muerto, estéril.
Hay muchas formas de dejar una huella. Todas ellas llevan en sí mismas también una manera de borrarla.
Acaso no sepamos buscar la eternidad donde debiéramos. Quien tiene ese deseo de permanecer eternamente intenta dejar su esencia en algo inmutable, perpetuo. En la longevidad indefinida del arte y la creación propia, en la solidez de una casa, en la inmortalidad de una gesta a la que poder adscribir su nombre. Pero incluso en lo más duradero es imposible persistirse, porque el vínculo entre uno mismo y su huella es siempre breve, se diluye y acaba por desaparecer. No vivimos en aquello que dejamos, sino en el convencimiento ajeno, mucho más volátil, de que algo de nosotros ha trascendido y ahora lo habita.
Lo perdurable, por definición, carece de vida. El pálpito es siempre efímero. Así que la eternidad que perseguimos se apoya en algo inerte, muerto ya, y no en otra vida de la que tomamos prestada su energía.
Quizás sea mejor aspiración prolongarse en algo algo vivo, breve, que se vaya disolviendo con la ayuda de otros. Que no sea el azar de la muerte quien nos dé fin, sino la acción intencionada de quien así decide ir soltando poco a poco las amarras del duelo.
[...]
Me moriré,
se perderá mi alma,
se perderá mi prole,
pero la casa de mi padre
seguirá
en pie.
Gabriel Aresti.
La casa sigue en pie, pero ¿es realmente ya la casa del padre?
Mi rincón favorito hoy día es esta casa de mis abuelos a la que vengo siempre que me es posible. Tengo la esperanza de poder vivir aquí algún día. Es la misma en la que pasé los veranos de mi infancia, y también muchos otros momentos de mi juventud. Cuando murió mi abuelo, mis padres se ocuparon de ella. Cuando murió mi padre, yo tomé el relevo. Cada cual a su manera, con sus gustos y querencias, acomodando el cuidado a su circunstancia. En este tiempo, se ha cambiado el exterior de los muros, se ha rehecho el tejado por completo, se han restaurado puertas y ventanas. Algunos árboles han muerto, otros nuevos se han plantado. Tiempo atrás se eliminó un seto.
En las fotografías de mi niñez, el jardín es muy distinto al de hoy, casi irreconocible. Ni siquiera es algo que pueda llamarse jardín, solo un terreno salvaje donde hay una mesa y sillas sobre un suelo de tierra con hierbas altas. En la decoración del interior ya no queda nada de lo que había entonces.
¿Qué pensaría mi abuelo de esta casa tal y como es ahora, este barco de Teseo en el que no sobrevive apenas nada de lo que él conoció? Quizás no le gustase, quizás no se sintiera identificado con ella. ¿Diría que esta es su casa?
A efectos del recuerdo, incluso lo más sólido puede entenderse como algo fungible, una pieza firme y en apariencia imperecedera, pero cuya identidad vamos borrando. Alterar es eliminar, un arreglo es al mismo tiempo una destrucción, una mejora lleva consigo también una pérdida.
No importa, porque esa es la manera de hacer pervivir un pasado. Toda herencia es una materia prima para moldear el recuerdo, no un producto acabado que debemos preservar tal cual. Hay que ser inmisericorde con los legados, servirse de ellos sin remilgos, remodelarlos, maltratarlos, destruirlos si es que con ello sirven al propósito mayor de honrar el pasado.
Hay que demoler y reconstruir la casa, para que lo que siga en pie sea la memoria.
No suelo encariñarme con los objetos. Ni siquiera los instrumentos, a pesar de ser a través de ellos que hago algo tan personal como expresarme musicalmente. Vendí la guitarra eléctrica que mis padres me regalaron, simplemente porque ya no la usaba y me disgustaba ver que era un objeto inútil. El valor sentimental que pudiera tener era inferior al descontento que me causaba el saberla desaprovechada y sin valor práctico. Sé que no lo entendieron.
Es tentador pensar en conservar mis instrumentos actuales cuando yo no esté. ¿En qué otros objetos mejor que en ellos puede quedar mi personalidad, qué otras piezas pueden representarme y recordarme con tanto acierto? Y sin embargo, intento instilar alrededor de mí la idea contraria, la de que lo más correcto es deshacerse de ellos lo antes posible, no preservarlos, sino ponerlos en manos de quien sepa darles vida. Me desagrada imaginarlos como reliquias, lejos de alguien capaz de desarrollar su valor de la manera en la que yo lo hago.
No viviré en esos instrumentos, no sirven para preservar nada de mí. Si acaso, existiré en la música que se haga con ellos mañana. En lo vivo y fugaz, no en lo estático. En lo que arranca y continúa a partir del punto en el que yo lo dejo, no en la instantánea congelada de ese último momento en que esos objetos fueron míos.
Si quiero fantasear sobre ello, me gusta imaginar que mi hija les dará un destino, buscará alguien adecuado, y que incluso quizás podrá escuchar a otra persona tocar para ella en mis instrumentos una música parecida a la que yo hago ahora.
Quizás duela pensarlo así, porque supone asumir que la muerte abre algunas puertas. Posibilidades de otear en un futuro extraño, una duermevela inquietante entre la presencia y la ausencia de otra persona, y para la que se requiere una intervención directa.
El duelo se concibe como algo pasivo, pero es en realidad un proceso dinámico al que debemos aportar nuestra propia inercia.
—Cada día te pareces más a tu padre —me dice la gente.
Más que en ningún otro lugar, lo oigo en el pueblo al que hace ahora veinte años llegaron él y mi madre. Gentes que no conocieron a mi padre en su juventud, sino solo a partir de una edad a la que yo ahora me voy aproximando. Gentes para las que ahora empiezo a ser como el recuerdo que guardan de ese amigo que perdieron.
Por la forma de decirlo, me doy cuenta de que no solo se refieren al simple parecido físico. Pasan a entenderme como una versión distinta de él, un sustituto. La encarnación de la imagen que conservan en su memoria. Me convierto en un impostor que toma su lugar y les ofrezco una manera de volver a verse frente a mi padre.
Antes, mi herencia no eran más que unos rasgos, una genética; ahora, también una responsabilidad. Hay una parte de mi apariencia que se construye sobre esa genética común a ambos, pero otra que no es más que una colección de decisiones estéticas. Si quisiera, podría dejar de parecerme a mi padre, camuflar nuestras similitudes hasta hacer que nadie al verme evocara su memoria.
No solo recibo un legado fungible, sino que yo mismo lo soy.