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Me alegro de que mi padre hiciera esa última tanda de rosquillas y le sobreviviera. Que tuviéramos que comerlas después, ya sin él, en encuentros familiares en los que le celebrábamos todavía al inicio de nuestro duelo. Pero sobre todo, me alegro de lo que gracias a eso vino después, de la puerta que esas rosquillas abrieron.

La posibilidad de consumir su legado sin él, de tener esa herencia fungible, fue un regalo. Como un sustrato rico, fértil, sobre el que hacer crecer su memoria en nuestro imaginario.

Hay otras recetas en los cuadernos de mi padre. Hay otros dulces y otros platos que se le daban bien y me gustaban. Ahora que escribo esto es la primera vez desde que murió que pienso en ellos.

He visto sus anotaciones sobre las rosquillas, con los ingredientes y el procedimiento exacto. Alguna vez he fantaseado con hacerlas yo mismo siguiendo su receta, a pesar de que nunca he intentado hacer repostería ninguna. No ha sucedido todavía, pero no descarto que algún día me decida a ello. En su colección de fotografías, he buscado y encontrado una de una gran tanda de rosquillas, que probablemente nos envió a mi hermana y a mí para hacernos saber que podíamos pasar a recoger nuestra parte correspondiente. Este interés no aparece cuando se trata de esas otras recetas. Las fotografías de otros de sus platos me parecen irrelevantes; la idea de cocinar alguno de ellos me deja indiferente, incluso si lo pienso como forma de rendirle homenaje.

Las rosquillas se convirtieron en un símbolo por el simple hecho de existir más allá de él mismo. El sentimiento extraño del principio, cuando me vi comiendo aquella primera junto a mi madre y mi hermana y me pareció algo casi tétrico, se ha convertido en felicidad, en un recuerdo mucho más luminoso del que habría tenido de otra manera.

* * *

—¿Cuánto dura la eternidad? —preguntó Alicia.
—A veces, solo un segundo —respondió el conejo.
Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas.

A veces, el tiempo que se tarda en comer una caja de rosquillas.

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