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Pero este no es un libro sobre mi padre. Es una reflexión sobre lo que aún no he heredado pero vendrá algún día, sobre la manera en que ahora veo esa parte de mí construirse a mi alrededor. Sobre el cambio que la muerte ha traído a mi forma de observar la vida. Ahora entiendo la vida de otros como un desarrollo involuntario de su propia herencia, un flujo constante de elementos que van orquestándose, mudando, y que, llegado el momento, conformarán una circunstancia personal sobre la que otros vendremos a seguir nuestro propio desarrollo. A veces encuentro belleza en ese proceso; otras, siento más vértigo que asombro.
Mi madre, por ejemplo, que no ha cultivado ninguna afición creativa ni dejará tras de sí obra ninguna, apenas nada personal y perdurable, pero que ordena y dispone todo a su alrededor con una dedicación obsesiva. La energía que dedica al cuidado de los lugares, no solo el de su propio hogar, y la marca inconfundible que deja allá donde pasa. Todo eso resultará imposible de mantener, porque ese comportamiento hace que su alrededor sea enormemente personal, suyo, de una manera en la que otros no conseguimos poseerlo a través de nuestra forma de vivir en él. Buscar su recuerdo en esos lugares, habitarlos en busca de sus huellas, será inevitablemente ir borrando esas huellas. El duelo es una exploración destructiva.
Así que ahora, consciente de que existirá esa suerte de periodo de gracia en el que sobrevivirán sus señales antes de que el desarrollo de nuestras propias vidas se encargue de eliminarlas, me hago preguntas y anticipo una parte mínima del duelo. ¿Cuánto tiempo durará ese orden? ¿En qué punto dejará por completo de reconocerse su influencia en estos espacios?
Los escenarios del día a día, tan irrelevantes y mundanos, tienen ahora un significado distinto cuando se consideran desde esta perspectiva. Es inquietante mirar el mundo de esta manera. La potencialidad de cada gesto y cada resultado para convertirse en un sobreviviente efímero, fungible. La insignificancia de lo rutinario se revela en realidad como una antesala tras la que cualquier objeto y cualquier verdad, ahora superficiales, pueden llenarse de una profundidad inmensa.
La muerte no es una, sino una cadena de otra muertes que se suceden. La de la persona, sí, pero seguida por la muerte progresiva de otras realidades a su alrededor que quedan huérfanas y no pueden sobrevivir por sí mismas. Sostenemos un contexto, garantes de un escenario que es incapaz de existir sin nosotros, un equilibrio inestable que se viene abajo cuando dejamos de custodiarlo.
El primer duelo es como el primer amor. En ocasiones devastador, inolvidable, la marca que nos deja es la más profunda y su sombra cae sobre todo lo que llega tras él. Las más de las veces, sin embargo, se trata sobre todo de un aprendizaje. Nos introduce en un universo desconocido, nos prepara para entender mejor las futuras ocasiones en que hayamos de experimentar algo semejante.
Yo he aprendido esta manera más detallada de mirar lo que cada cual va construyendo, la anticipación como una forma distinta de salvaguarda. Recordar es un arte complejo y hay que aprender a llorar, a echar de menos, a invocar.
A mi abuelo le obsequiaron en el trabajo una lata de café en grano. Algo así como un premio por su dedicación, según entendí. Valioso entonces, un lujo en tiempos de escasez. Lo guardó sin usarlo, porque él no tomaba café, pero quizás también por darle ese rango: el de ser un artículo de lujo que vale más la pena preservar que consumir. Mi madre guardaba la lata en la despensa, bien visible.
Descubrí la lata en la alacena de la casa del pueblo, en Asturias, a la que ella y mi padre dedicaron años de trabajo e ilusión. Es allí donde quisieron crear su hogar ideal, su obra maestra. Al lado de la lata hay otras conservas con similar aura de reliquia. Por ejemplo, un bote de atún en escabeche que hizo mi padre muchos años atrás o un tarro de mermelada también hecha por él. Ambas llevan una fecha escrita en la tapa, lo suficientemente lejana como para suponer que ya nadie se aventurará a consumir su contenido.
Le pregunté a mi madre si esa era la misma lata de café y por qué estaba ahora allí, y ella me respondió que sí, que la había llevado en uno de los últimos viajes. Pensaba que algún día ella ya no estaría, y entonces mi hermana y yo dispondríamos de su casa actual a nuestro antojo, y a saber qué haríamos con la lata y dónde la pondríamos. La llevaba a ese nuevo lugar convencida de que aquel era un lugar más seguro, más estable, por cuanto veía improbable que quisiéramos en algún futuro vender esa casa o alquilarla, o ni siquiera alterar su configuración actual.
Preocupada por la pervivencia de sus símbolos, mi madre intenta preservar sus propias señas de identidad. La decoración, el orden, la posición y categoría de todo cuanto forma su escenario cotidiano. Convertir en propiedad inalterable lo que de otra manera vendría a ser uno más de esos fungibles.
También un recuerdo es algo que se va consumiendo, que se transforma y se desintegra en ausencia de la otra persona. Pero no hablo del recuerdo de quien desaparece, sino del de todo lo que le rodea. Y en especial, del de uno mismo.
Me acordé de un día en que, de niño, estuvimos en un pueblo de la sierra de Madrid. Compartí el recuerdo con mi madre y ella me corrigió: no había sido de aquella manera que yo recordaba, sino de otra. Pequeños detalles que no habían sucedido tal y como yo los contaba, personajes inexistentes que según ella no estuvieron allí con nosotros. Me sorprendió. Yo estaba convencido de que se equivocaba, pero pensé que también podría ser mi propia memoria la que estuviera errada. Puse en duda ambas versiones.
Esa es la labor de quien ha compartido con nosotros el pasado: cuestionar la manera en que lo evocamos, enfrentar su versión a la nuestra para guiar el resultado final. Junto a esa clase de testigos, el recuerdo se va moldeando como algo comunitario, una suerte de asamblea que sanciona la imagen que guardamos de nuestra propia historia.
En ausencia de mi madre, yo habría asentado ese recuerdo sin oposición ninguna. Me instalaría en mi narrativa, cierta o falsa, objetiva o sesgada, sin que nadie viniera a ponerla en duda. Sin el concurso de alguien así, el recuerdo deja de ser un resultado científico, contrastado, para convertirse en algo dogmático.
Recordar es erosionar la memoria que hasta ese momento venía moldeada a cuatro manos, acomodarla a la visión propia sin que la perspectiva del otro pueda ya ejercer su contrapeso. Un legado más que consumimos, este sin más que mirar a nuestro pasado.
Me interesa en especial el recuerdo que no se comparte en igualdad de condiciones. El que viene únicamente de la experiencia de una de las partes. El que para uno es vivencia y para el otro un suceso conocido a partir del recuento ajeno. Porque también este se degradará y con ello perderá su pureza original, el carácter de verdad que tenía cuando nos fue legado.
Le pregunto a mi madre por su infancia, los años mucho antes de que yo naciera. Su juventud, los primeros tiempos junto a mi padre. Cómo eran mis abuelos o cómo era entonces el barrio en el que vivían, y en el que yo después viví hasta mi adolescencia. Cómo era ella, qué inquietudes tenía, qué amistades, qué momentos especiales recuerda.
Recopiló su verdad para arraigarla, para darle toda la solidez y certidumbre posible. Llegará un momento en que esta construcción comience a desmoronarse. No por efecto del tiempo, sino por mi propia mirada como fuerza inclemente que desgasta y desfigura toda imagen. Quién sabe cómo contaré esta información dentro de unos años, ya sin ella.
La veracidad del recuerdo es acaso el más doloroso de todos los fungibles.