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Hacía tres días que mi padre había muerto. Lejos de allí, en una ciudad extraña en la que mi hermana, mi madre y yo habíamos pasado las últimas dos semanas con la esperanza de que se recuperara del accidente que acabaría con su vida. Ahora, por primera vez desde entonces, nos reuníamos en la casa familiar, ya sin él.
Me preparé un café. Al verme, mi madre sacó del armario una caja llena de rosquillas, la abrió delante de mí, y me invitó a que cogiera una.
La gran pasión de mi padre en sus últimos años fue el torno. Se pasaba horas mirando vídeos, buscaba técnicas nuevas, tenía siempre en la cabeza ideas que luego ponía en práctica. Acudía a encuentros con otros torneros, acumulaba maderas de toda clase minuciosamente etiquetadas. Inundó su casa con una infinidad de piezas, y lo mismo hizo con la mía y la de mi hermana. Mi salón quedó convertido en una exposición de sus pequeñas obras de arte, deslucidas sin embargo por el número excesivo de ellas y lo abigarrado de la muestra.
Meticuloso como era, numeraba cada una de sus creaciones y en una libreta anotaba sus características: la fecha, el tipo de madera, una descripción sucinta. Algo así como lo que uno pondría en la cartela de un cuadro. Más aún, anotaba de esa manera no solo las piezas ya terminadas, muchas de ellas ahora lejos de su taller, sino también las que tenía en mente fabricar. Un puñado de estas, las últimas en esa lista, no llegaron a existir más que en palabra, en esa suerte de bocetos esperanzados.
El de las figuras torneadas por mi padre es uno de los recuerdos más evidentes que hoy tenemos. Están presentes en nuestro día a día, son parte de nuestro paisaje hogareño. Nos recuerdan a él, porque nadie más en la familia aprendió a utilizar el torno ni tuvo interés en ello. Tienen su identidad, le representan, son simbólicas. Algunas de ellas se han resquebrajado por la falta de humedad, pero son elementos perdurables, inertes. No requieren cuidado, sobreviven.
En otros cuadernos, notas parecidas a esas en las que clasificaba sus artesanías. El mismo espíritu archivístico, idéntico detalle para guardar registro de su evolución. Por ejemplo, recetas de cocina, que no solo escribía, sino que en ocasiones iba modificando sucesivamente hasta dar con la versión que él consideraba definitiva. Y en esas hojas recogía cada iteración, el cambio en un ingrediente, una cantidad, un tiempo.
Una receta a la que aplicó con particular dedicación este método científico: la de rosquillas heredada de su abuela, que sin embargo cuando quiso ponerla en práctica por primera vez no resultó en el sabor y la consistencia que él recordaba. Así que fue trabajando en ella hasta afinarla lo suficiente como para conseguir replicar el resultado original, apuntando en cada intento todos los detalles y variando solo uno de ellos en la siguiente tentativa. Desde entonces, cada cierto tiempo, preparaba una cantidad generosa de ellas que repartía entre nosotros.
La última vez, unos pocos días antes del accidente.
Mi madre me acercó la caja de rosquillas. No era difícil adivinar lo que pensaba al hacerlo: que ya no habría más como aquellas. Probablemente recordara la imagen aún reciente de mi padre dándoles forma unos días antes. En lo que hasta entonces había sido algo banal y cotidiano, ahora veía una reliquia irrepetible. Pero no dijo nada, solo me invitó a que cogiera una.
Yo cogí una rosquilla y pensé en lo que significaba comerla. Pensé en las piezas de madera, en las fotografías que mi padre había hecho a lo largo de su vida, en la casa misma en la que vivía, en las grabaciones donde está recogida su voz y su imagen, en los álbumes de cromos que con la ayuda de su abuelo completó en su infancia y guardaba como un tesoro. Pensé en cómo a partir de ese momento íbamos a preservar todo ello con recelo, en cómo íbamos a representar su persona ausente a través de esos objetos, en la manera en que les adjudicaríamos una suerte de inmortalidad para así creer que no era posible perder por completo a mi padre.
Y después pensé en ese otro patrimonio volátil, en esa herencia fugaz que acabábamos de recibir y no solo iba a desaparecer más pronto que tarde, sino en cuya desaparición nosotros mismos íbamos a tener un papel activo e inevitable, a veces de manera violenta. Recuerdos de él que íbamos a eliminar, a destruir, a enterrar. A digerir. Sin remordimiento, sin pena, e incluso con cierto placer.
Sabemos que la memoria no es un interlocutor fiable. Tenemos la seguridad de que los recuerdos van a perder intensidad, y por ello nuestra primera reacción ante la ausencia es intentar garantizar su nitidez apoyándolos en elementos tangibles. Entre las pertenencias ahora huérfanas, adoptamos las que consideramos más sólidas y les confiamos la responsabilidad de mantener la integridad de una imagen todavía bien definida, de una presencia, de un ideal. Nos deshacemos de los objetos en los que no vemos ni utilidad ni pertenencia, incorporamos a nuestra vida otras tantas piezas que acomodamos como guiños sutiles, y elevamos a la categoría de vestigio sagrado un puñado escaso de ellas identificadas como esenciales. El juego es caprichoso, lleno a veces de sinsentidos y fetichismo. Pero es, en cualquier caso, un ejercicio tranquilo, con tiempo para la reflexión y el sentimiento.
No sucede así con lo que sabemos efímero. Lo fungible, lo que no solo es temporal, sino que nosotros mismos lo alteramos y somos culpables de esa temporalidad. Estamos rodeados de señales que van apagándose, de símbolos que borramos por el simple hecho de cohabitar con ellos. No los utilizamos: los consumimos. En ese proceso va desarrollándose una suerte de última escena conjunta, un epílogo póstumo de la persona que ya no está pero aún se manifiesta a través de todo ello. Y tenemos que elegir apresuradamente cómo incorporar al recuerdo el significado de esos elementos.
Una parte de nuestro contexto nos sobrevive. Cosas imperecederas que no siguen nuestro mismo ciclo de vida. Otras, sin embargo, comienzan a degradarse y desaparecer cuando nosotros lo hacemos. Y a diferencia de lo que sucede con nuestra propia persona, esa otra degradación sucede a la vista de quienes nos sobreviven o incluso con su participación directa. Se podría decir que es algo más nuestro, más esencial, por cuanto nuestra ausencia desencadena inmediatamente su degeneración y no tienen sentido sin nosotros.
Lo fungible, lo que la vida termina consumiendo igual que nos consume a nosotros.
Podemos, ante la pérdida, evitar que desaparezcan esas reliquias de quien nos abandona, pero hacerlo conlleva momificarlas, y momificar algo vivo, dinámico, es tan triste y grotesco como momificar el cuerpo mismo.
La última tanda de rosquillas de mi padre duró poco, es posible que menos de lo habitual. Lejos de ver en ello algo doloroso, queríamos comerlas lo antes posible. Garantizar que disfrutaríamos cada una de ellas, como manera última de honrar su significado. No haberlo hecho con la celeridad suficiente habría significado ver cómo perdían su valor. Haberlas visto secarse, dejar de ser apetitosas y con el sabor y la textura que él tanto se esforzó en conseguir. Quizás enmohecerse, volverse incomibles. Eso sí habría sido doloroso.
No sé quién de entre nosotros comió la última de aquellas rosquillas. Importaba poco. Se terminaron, las saboreamos, nos dieron la felicidad para la que fueron hechas. Nos permitieron estar cerca de mi padre un poco más.
Sobre el legado de elementos fungibles que dejó mi padre se construyen una gran parte de los recuerdos que hoy guardo de él. Porque en ese tiempo finito del que se dispone para entablar relación con las huellas perecederas de un difunto, en esa caducidad improrrogable en la que uno se ve obligado a participar, está la última oportunidad que se tiene para interaccionar con él de una manera acaso orgánica, viva. Y en ello se da forma a memorias que son más intensas, memorias creadas conscientemente, ya con la certeza de su carácter último y su importancia.
Ningún otro sabor hay guardado con tanto detalle en mi recuerdo como el de esas rosquillas de mi padre.
Mi teléfono móvil era ya viejo. Un modelo básico que aún funcionaba, pero que ya iba siendo necesario cambiar. Mi padre había comprado uno nuevo hacía poco tiempo. En el rápido inventario de bienes que hicimos unos días después de su muerte, decidí quedármelo y darle uso.
Una buena parte de su vida guardada allí. El acceso a tantas otras cosas a través de ese teléfono. Como una llave para llegar a parte de él, de su día a día ahora interrumpido. Un territorio que tampoco tenía ya ninguna relevancia para mí, porque el compromiso con la privacidad ajena seguía para mí siendo el mismo.
Me interesaba tan solo el aparato, no el contenido. No veía en él ninguna sentimentalidad. Era algo tangible que perteneció a mi padre, pero lo personal que contenía era todo intangible. Y además, como digo, demasiado privado para poder considerarlo parte de su legado. Solamente suyo, sin posibilidad de pertenecer a nadie más.
Eliminé cuanto él había puesto ahí, lo configuré a mi gusto como habría hecho con un terminal nuevo. Al cambiar su cuenta de usuario por la mía, desaparecieron sus contactos y las conversaciones con ellos. En algunas de las últimas había participado yo en su lugar. Mientras mi padre estaba en coma, habían llegado algunos mensajes a un grupo de amigos del que formaba parte. Organizaban una comida que hacían periódicamente para reunirse. Como mi padre no respondía y era el único que faltaba por confirmar su asistencia, algunos le escribieron mensajes privados fuera del grupo para confirmar que estaba bien. Me sentí obligado a contestarles, y por aquel mismo canal les hice saber que había tenido un accidente, y días más tarde que había muerto.
Adapté ese teléfono suyo a mis necesidades y en ningún momento hubo sentimentalidad en el proceso. Lo que alteraba y deshacía me parecía inerte, en absoluto parte de ese legado fungible que ahora aprendía a ver en otras partes.
Llevaba usando el móvil de mi padre alrededor de un mes. Había redactado muchos mensajes, hecho docenas de videollamadas con mi hija, consultado páginas web, utilizado aplicaciones varias, pero no había recibido ninguna llamada telefónica. No sabía cómo sonaba el teléfono de mi padre en esa circunstancia y, en una época en la que es cada vez más extraño comunicarse por vía telefónica, ni siquiera me había molestado en cambiar el tono de llamada.
Cuando llegó la primera llamada, me sorprendí al escuchar una melodía familiar. La reconocí de inmediato: era una pieza mía que yo había grabado hacía tiempo. Mi padre usaba una de mis composiciones para hacerle saber que alguien quería hablar con él. Me emocionó, no sabía aquello. No recuerdo quién era la persona que llamaba, pero sí que no era para ningún asunto relevante, que la conversación fue breve, y que yo debí tener un tono como ausente, porque en mi cabeza daba vueltas a aquel sonido que acababa de oír en lugar de prestar atención a lo que me decía mi interlocutor.
Por supuesto, cambié el tono de llamada. No quería llevar mi propia música y escucharla cada vez que alguien me llamara. Pero sustituir aquella grabación sí tuvo un peso sentimental. Ahí sí apareció ese sentir de estar alterando un recuerdo de mi padre, borrando una huella suya. Más aún, una que representaba una muestra de su cariño, de su aprecio por mi música y el orgullo que probablemente sentía por ello.
Todavía tengo ese teléfono. Sigue funcionando bien, y yo nunca he sido caprichoso en cuanto a tecnologías. Pero tarde o temprano dejará de serme útil, quedará obsoleto, le fallará algún elemento que no pueda repararse. Aunque de manera más lenta y con mayor recorrido, no deja de ser otro de esos fungibles. Y supongo que cambiarlo por un teléfono distinto sí que tendrá un impacto emocional, sentiré que es una manera de borrar huellas, de consumir la herencia de mi padre y dejarla inservible a partir de ese punto.
Tres años después de la muerte de mi padre, comencé a interesarme por la fabricación de instrumentos musicales. Hasta entonces me había dedicado tan solo a hacer música con ellos, y a veces pensaba que quizás algún día él se decidiera a hacerme uno. Tenía las herramientas y la habilidad para trabajar la madera, y la curiosidad suficiente como para investigar y leer lo necesario antes de empezar. Pero nunca lo hizo, y yo tampoco quise pedírselo.
Empecé sin ninguna ambición. Unas pocas herramientas básicas, objetivos sencillos. Para cuando adquirí algo de soltura, me atreví a entrar en su taller, convertido por simple inacción en una especie de memorial. Preservado involuntariamente porque a nadie nos interesaba utilizar lo que allí había.
Fui sirviéndome de algunas herramientas, no muchas. Al principio con cuidado, con reverencia. Después de la labor, las devolvía a la posición exacta o las volvía a meter en su caja si es que así las había encontrado. Pero pronto empecé a descuidarme. Si había una herramienta que usaba más a menudo, la dejaba en un lugar más cercano. Recolocaba cosas aquí y allá para hacer el taller más práctico, porque mi labor no se parecía a la que en otro tiempo hacía mi padre y nuestras necesidades eran distintas. Fui conquistando la plaza sin siquiera darme cuenta de ello.
Mi trabajo era tan creativo como destructivo. Construía instrumentos, pero para ello tenía que borrar las huellas de mi padre. Cambiar de lugar las cosas y con ello eliminar las manías y costumbres que esa disposición narraba. Al limpiar las virutas y el serrín que yo había producido, llevarme también los restos inevitables de la última vez que él estuvo allí. Ajustar las herramientas de una manera distinta.
Terminé una lata de barniz en la que apenas quedaba ya nada, y que tenía anotada en un lado, con la caligrafía inconfundible de mi padre, la fecha en la que debía haberla comprado. Usé el último papel de lija de una caja. Me descubrí pensando que quizás debería reponer aquello para que todo siguiera como antes, pero al instante me pareció una idea ridícula. Había una irreversibilidad categórica en el hecho mismo de estar allí manipulando sus útiles, no cabía posibilidad de restaurar nada. Convivir con el legado de otra persona es una huida hacia delante.
En realidad he usado muy poco el taller de mi padre. Acabé tomando prestadas algunas herramientas y sigo con esta afición en mi propia casa. La mayoría de los utensilios han seguido olvidados, muertos. Yo di vida a unos pocos nada más. Pero para hacerlo tuve que separarlos de su pasado, de su participación en el trabajo que mi padre hizo con ellos en su momento, de su lugar y su manera de servir a un propósito.
Sigue siendo el taller de mi padre. Suyo, de nadie más. Que yo lo usara durante más o menos tiempo no iba a cambiar eso nunca. Pero una parte de él ya no tiene su personalidad, sino la mía.
Habitar el mundo es disponer sus elementos a nuestra conveniencia. Con mayor o menor orden, con anarquía o método, vivir no es solo situarse, sino también situar en torno a uno mismo aquello con lo que se interacciona. Darle posición y rol a lo que nos permite existir.
He ahí un legado más fungible que ningún otro. Podemos preservar los objetos que heredamos, pero no su disposición. Cualquier contacto, cualquier uso, los llevará por el camino de nuestra propia idiosincrasia. Su lugar en el mundo pasa a ser el que dicta ahora nuestra identidad, no la de su dueño original. Podemos conservar una casa, pero toda manera de habitarla destruye la configuración de quien nos la ha dejado. Pocas cosas tan personales y tan volátiles como la simple organización del espacio.
Lo que hacemos tras una pérdida es redibujar el mundo. Aparece un vacío y lo llenamos, suturamos el corte para volver a unir lo que aún permanece. Creamos, pero también destruimos, sacrificamos. Así vamos conformando una nueva realidad que poco a poco pulimentamos, y en la que cada vez hay menos lugar para lo que perdimos. El duelo, como toda herida, solo sana correctamente si no deja cicatriz.
Mi madre y mi padre volvían del médico, una visita rutinaria. Cerca del centro de salud vieron una montaña de troncos y ramas. Había habido una tormenta unos días atrás y el ayuntamiento había podado las ramas rotas y cortado los árboles que pudieran caerse. Ahora estaban allí esperando a que alguien pasara a recogerlos.
Eran buenas maderas, algunos de aquellos árboles eran exóticos. Mi padre debió imaginarse las piezas que podría sacar de su torno a partir esas ramas, la buena materia prima que sin embargo no iba a poder usar y que probablemente acabaría tirada en algún lugar. Se sentiría frustrado. No pudo quitarse la idea de la cabeza, o eso dijo después mi madre, y al caer la noche decidió coger el coche e ir a recoger cuanto pudiera. Llevó con él una motosierra, trabajó apresurado con miedo de que alguien pudiera verle, y volvió a casa sudoroso pero feliz y con el maletero lleno de madera.
Pienso en esta historia al buscar en su colección de maderas y tomar de ella alguna que pueda servirme. Puede que haya aún unas cuantas que vengan de aquella noche. Otras tendrán detrás historias menos anecdóticas que esta, pero compartirán una ilusión similar, porque así es como mi padre recolectaba maderas allá donde iba, siempre preparado para recoger o comprar un bloque, una rama, un tablón, y todo ello con idéntica emoción. Pienso en ello cuando después hago algo con una de esas maderas, la utilizo y la saco de esa colección. Cuando consumo esa parte de su legado fungible que nadie salvo yo parece interesado ahora en procesar. Y más aún cuando, en ese trabajo, cometo un error y el resultado es inservible, cuando echo a perder la materia prima sin obtener nada. Gastar sus maderas para hacer algo valioso es natural, parte de un uso que diría normal; malgastarlas lo encuentro inaceptable.
Ya no queda ninguno de esos vestigios vivos de mi padre. Lo fungible terminó por desaparecer, lo agotamos. O quizás quede algo, quizás no dejen nunca de aparecer experiencias nuevas alrededor de su recuerdo y su legado, experiencias que solo podemos vivir un número contado de veces y luego serán imposibles. Es solo cuestión de tiempo el descubrirlas.