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La colina es un animal gregario. En el paisaje de colinas apenas hay cerros solitarios ni atalayas individuales rodeadas de llanura, sino sucesiones de lomas siempre cercanas y casi idénticas que parecen buscar el calor de otros semejantes. Las colinas no son piezas singulares, sino elementos de una orografía plural en la que los relieves hablan entre sí, y no se han de ascender como realidades aisladas, sino junto a otras, subiendo y bajando entre ellas, dejándose llevar en un recorrido en el que cada cima discreta nos invita a avanzarnos hasta la siguiente.Subir colinas una tras otra, encadenando las laderas y los techos, forma parte de esas labores que se comienzan a envites cortos, discretamente, y cuando uno quiere darse cuenta ha formado ya una colección suficiente de la que puede incluso sentir un cierto orgullo. Es similar a escribir un diario, una cuartilla exigua cada día, y al cabo de los meses ver que se tiene un testimonio grueso y bien documentado de una parte de nuestra vida. La sensación al mirar hacia atrás y ver las colinas que se han subido en una jornada tiene un aire de creación literaria, como sumando folios llenos a una historia que se va escribiendo en los senderos.
Las colinas se han de subir una después de otra, y el paseo así enhebrado de montículos tiene a veces un regusto a montaña, a verdadera ascensión de cierto calibre, y quien lo lleva a cabo se siente plenamente montañero en estos trances. Otras veces, sin embargo, se antoja no más como un recorrido a lo largo de un relieve tendido y sin sobresaltos, y uno se cree un simple caminante, un mero andarín que marcha en pos de algo allá al final de su singladura. Y aunque beba de uno otro lado, o tal vez porque lo hace de ambos y siempre se es en este lance montañero y caminante al mismo tiempo, esta de subir colinas es una tarea que tiene regusto viajero. Subir a las colinas es siempre un viaje.
Quien recorre estos cerros y se detiene en sus alturas se embarca en un viaje breve, diminuto, que pese a ello tiene los ingredientes de la empresa más lejana y venturosa. Sobre las colinas, si se encadenan y se visitan sin rumbo, existen la nostalgia nómada, el deseo de regreso, la mirada hacia lo extraño y ese reposo almibarado que el viajero acostumbra a encontrar en los rincones más familiares de la distancia. Y sobre todo, existe la transición de las inquietudes, el tránsito sin el que un viaje no es tal, porque para sentirse viajero uno ha de trajinar en los adentros una sucesión de emociones que le hagan sentirse lejos del hogar que habita.
Con una mochila al hombro y un poco de intención, estos paseos arriba y abajo de las colinas no son excursiones, ni caminatas; son verdaderos viajes en los que uno puede legítimamente nombrarse viajero. Las colinas no han de ascenderse sin más, sino surcarse una tras otra, viajar a través de ellas. Es así, engarzando una línea de cerros, como se entabla relación con este paisaje. Y al acabar el viaje se tiene un relato bien articulado, con su nudo y su desenlace, a través del que el viajero puede leer la historia que el territorio le cuenta.
Hoy paso el día completo en las colinas. Subo y bajo unas cuantas de ellas, y desde cada altura voy dándole caza a un pedazo de horizonte. Me detengo a comer y beber cuando el cuerpo lo pide, y a sestear sin prisa bajo una sombra oportuna. Cruzo un pueblo en el camino y saludo a una mujer que me mira marchar después con ese aire indiferente con que se escruta al forastero, y vuelvo a encaramarme en otro alto, apenas lejos de aquellas casas, pero que se antoja en la errática brújula de los adentros como un destino lejano y salvaje. Arriba, me siento y leo unas páginas de un librito que llevo, pero se me atolondra rápido el pensar y, sin poder concentrarme en ello, me dedico en su lugar a mirar el paisaje unos minutos más y emprendo de nuevo la marcha.
El camino sigue por un bosque de troncos finos, sin espesura, y sale después sobre unos prados donde un hombre custodia sus vacas. Abajo de la ladera, un tractor cosecha con avidez las líneas de un maizal. A buen seguro estos hombres, amantes también de estas colinas y sus formas, tendrán una imagen de todo esto distinta de la que yo tengo, menos bucólica, sin el barniz de esta ociosidad mía. En las montañas, las colinas o los llanos, el sentir es bien diferente para quien trabaja la tierra, que aunque hermosa nunca fue ni es aun hoy día labor sencilla.
Nada le falta a esta excursión mía para decirse viaje, un viaje no venturoso ni intenso, pobre de épica y exotismo, pero viaje sin duda.
Ahora he llegado a lo alto de mi colina, sobre el otero donde acostumbro a subir casi cada día, y donde paso sin prisa los últimos momentos de la jornada deteniéndome una hora larga antes de atracar en el hogar de las bajuras. Pienso que es extraño el paso del tiempo en estas alturas domésticas, cotidianas, en lo alto de este territorio de colinas pero aun así cerca todavía de las faldas y los valles. Mientras miro las últimas sombras, me viene la idea de que estas pausas melosas sobre un monte cualquiera han de ser el momento más valioso de cuantos la montaña nos ofrece. Más que el ascenso en sí, más que el descenso, más que el instante mismo en que se pone pie en lo alto por primera vez.
Las cimas de las montañas requieren un tiempo que no solemos darles. En las cumbres más altas, porque la estrechez, el clima y la emoción del logro dejan normalmente poco lugar para la pausa y la calma chicha. En las más bajas como estos cerros, porque la aparente insignificancia de la conquista parece decirnos que no vale la pena detenerse allí más que en otro lugar cualquiera del camino. Y sin embargo, hay que hacer alto y detenerse arriba, no ya por honrar el lugar, sino más bien para que el montañero se honre a sí mismo, como un ritual que se ha de observar para dar entidad a la aventura.
No creo que nadie deba reclamar una cima si no ha pasado en ella un cierto tiempo, quizás una hora, o una noche entera, o el tiempo que tarda en fumarse un cigarrillo o en pensar en qué desearía que fuera distinto allá abajo cuando descienda. Hace falta tiempo para tomar una cima, porque el relieve no es un enemigo al que pueda vencerse, sino más bien uno al que debe convencerse, ponerle de nuestro lado. Y para ello hace falta dialogar sin prisa, que las victorias nobles nunca se hicieron en cuestión de un instante.
Los momentos más fundamentales de un viaje no son aquellos en que suceden cosas, sino los que delimitan esos periodos en que el viaje en sí tiene lugar. Los inicios y finales de cada tramo, de cada etapa emocional del viaje, son los que lo definen y lo sustentan, y por ello los lugares más importantes en el recuerdo del viajero son a veces aquellos de donde parte o a donde arriba: aeropuertos, estaciones, apeaderos, el quicio de una puerta donde ve por última vez a alguien a quien ha conocido.
Puede pensarse que el mejor viaje, el más intenso, es entonces aquel en el que uno no se detiene, en el que llega y sale de un lugar distinto cada día, pero no es así. Para que esas entradas y salidas tengan fundamento, para darle a esos límites un valor tangible más tarde, hace falta un tiempo de espera en el que van madurando las ideas que lo hacen posible. Abandonar un lugar que no se conoce no tiene significado alguno, pero dejar atrás algo que se empieza a descubrir y que ya nos ha posado dentro una pequeña capa de su limo, esa es la experiencia que define un viaje.
Las cimas de las montañas juegan este mismo papel, el de darle significado al hecho de subirlas y bajarlas, que de otro modo resultaría mucho más estéril. Y hay que detenerse arriba de la montaña tanto como uno pueda, para que cambie algo dentro, y para que coronarla y abandonarla después sean así algo más que meros tránsitos.
Tal vez sea por eso que hoy me llaman estas alturas humildes, porque es en ellas donde resulta más sencillo pararse y cumplir ese ritual del tiempo sosegado, el aire meditabundo al que otras cumbres no invitan de igual modo.
Yo siempre fui de cosas lentas, prolongadas, de leer hasta el final las páginas, de viajar despacio y sin moverme demasiado; me gustó poco pedirle deseos a estrellas fugaces y preferí conjurar mi futuro en estrellas que sé que van a estar ahí cada noche. Quizás tengan estas pequeñas montañas un ritmo más lento, como de gozo temperado, y al caminante con propensión por lo tranquilo le seduzca más su propuesta.
Al final del paisaje, donde empieza la otra cara del mundo, el sol arriba a su puerto nocturno con una dulzura indiferente. Lo observo en la última legua de su trayecto, tras el puñado de árboles que crecen aquí arriba, abrigado y a salvo en la garita de las frondas. Es la hora en la que empiezan a salir a rondar los habitantes de la noche, con esa seguridad que las pequeñas bestias nocturnas tienen, tranquilas en un escenario en el que el resto de vivos ha de saberse desprotegido y sentir miedo.
Abajo, sobre un estanque de aguas verdosas, el mismo sol es como la piedra lanzada al agua por un crío, que se hunde cuando entra demasiado vertical y que ahora al ocaso, en el angulo correcto, rebota y salta y le arranca a la charca un espejeo crepuscular desde poniente.