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A las colinas se sube sobre todo a mirar, a observar ya sea con la mirada o el sentido a veces ofuscado de los adentros. A las colinas se sube para echar un vistazo al mundo, no más. Como cuando de niño uno se asoma por el agujero de una pared, o se sube a la grupa de un amigo o a un árbol para atisbar algo que sucede al otro lado de un muro. Sin su papel de atalaya, las colinas pierden gran parte de su valor.

A las colinas se sube más que otra cosa para mirar al hombre, al hombre que deja su huella sobre la tierra y da cuenta de sus pasiones en los recovecos del campo. El de las colinas es un escenario donde no suele faltar actividad humana, donde a veces apenas hay unos pueblos salpicados, o una carretera que pasa, o unos cultivos, pero donde quien observa desde lo alto encuentra siempre el rastro de otros en quien mirarse. La colina es el lugar idóneo para ver discurrir la vida en la que nos afanamos, para mirarla como si no fuéramos parte de ella, de esas costumbres, de esas sociedades que allá abajo van destejiendo su día a día ante nosotros. A las colinas se sube, digámoslo así, para mirar y comprender qué significa ser esto que venimos siendo.

Diría que he perdido la cuenta de las veces que he subido a esta colina, pero no sería cierto. No he perdido la cuenta porque nunca la tuve, nunca anoté las ocasiones en que vine hasta aquí. Simplemente subí y me detuve a observar como ahora, una y otra vez, arañándole una pequeña parcela de territorio al paisaje en cada jornada. He mirado esta misma vista ya muchos días: las curvas un tanto monótonas, las neblinas, las sombras. Pero es todavía mucho lo que me queda por descubrir desde aquí arriba. Lo que se alcanza a ver desde una colina basta para ocupar toda la vida de un hombre, tal vez más aún.

Thoreau escribió que «hay una especie de armonía aún por descubrir entre las posibilidades del paisaje en un radio de quince kilómetros, o sea, dentro de los límites de un paseo vespertino, y los setenta años de vida humana. Uno nunca llegará a conocerla a fondo». Esa distancia y ese paisaje son más o menos lo que uno abarca desde un promontorio como este, sin demasiada altura, sin otros montes cercanos y altos que le roben el disfrute de las lejanías. Y esa vista es, igual que la vida, suficiente para que siempre quede un rincón en el que tengamos algo nuevo que descubrir.

Y si se llega a conocer todo lo que la mirada alcanza, siempre se puede empezar entonces a estudiar lo que vive en la otra cara del horizonte.

—¿Ves aquel árbol más alto al fondo? —me dice un amigo con quien he subido hoy hasta aquí—. Al otro lado está el pueblo donde nació mi padre. Y, ¿ves el deposito de agua en aquella colina? Por detrás pasa el camino por donde fuimos el otro día.

Y así continúa, barriendo el horizonte, explicándome qué es lo que queda en cada dirección en la que puede mirarse. Y mientras lo hace, yo pienso que, a pesar de todas las veces que he estado aquí arriba, tal vez incluso más que él, no conozco ninguna de esas direcciones que ahora me señala ni me son familiares esos hitos que ha ido contando: el árbol de más porte, el deposito de agua, una vaguada apenas perceptible, un pequeño rincón donde parecen faltar árboles y el horizonte es una especie de sonrisa mellada. Mis referencias en este paisaje son distintas, porque cada cual elige las suyas, y los mapas que uno traza son siempre diferentes y esconden verdades paralelas.

Los paisajes conocidos no tienen norte ni sur, y sí en cambio sus propios puntos cardinales por los que uno logra orientarse. Son esos puntos los que se buscan para reconocer el territorio, la cuadrícula de referencia en el mapa sentimental de quien avista algo más que tierra y verdor desde lugares como este. Cuando se señalan en el paisaje esas marcas, se empieza entonces a mirarlo de otra forma distinta, no ya para saber qué hay allí fuera, sino dónde se encuentra uno mismo.

A las colinas se sube para mirar, para observar desde el anfiteatro de los bagajes, para atisbar con curiosidad sobre los recovecos de uno mismo. Y para encontrar las direcciones en las que vagar en esta vida errabunda que solo en las alturas sabe tomarse un descanso.

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