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Lo que le falta sobre todo a las colinas para ser montañas no es sin embargo un nombre, sino una historia. Una colina es una montaña sin historia. No porque no sea pieza antigua, sino porque en lo humano, en su historia reciente junto a nosotros, ese bagaje no queda recogido en documento alguno. La historia de las colinas no se guarda más que en recuerdos fugaces, y una colina es en realidad una montaña sin cronistas, un escenario vivo pero anónimo del que nadie conserva un registro cierto. Porque, sin un nombre con que reivindicarlas, no hay forma alguna de preservar su ayer.A base de subir estas colinas una y otra vez, me conozco ya los recovecos del camino: un árbol nudoso, un saliente donde el camino dobla, una vaguada que parece hecha para albergar un río pero por la que nada baja. Todos ellos, como las colinas en sí mismas, son accidentes sin nombre alguno, recodos anónimos, pero a fuerza de descubrirlos uno acaba dándoles una identidad propia en la que referenciar a su vez lo que en ellas se siente. En el mapa del montañero suele haber más lugares que los que el cartógrafo conoce, porque los recovecos privados, secretos, donde nadie antes puso atención, son los que suelen dejar las huellas más indelebles.
Me gusta subir cualquiera de estos cerros sabiendo que tienen un pasado desconocido, apenas con más documento que sus curvas. ¿Se sabe acaso quién tomó cada una de estas alturas por primera vez? ¿Se conoce la fecha exacta en que fue descubierta, doblegada, incorporada a la historia material del hombre? Probablemente no. Puede decirse que aquí el tiempo realmente pasa, los instantes se van y no regresan, y la historia es no más un ahora al que no fueron invitados los cronistas. Uno sube hasta aquí arriba y, una vez que parte, la historia nada sabrá de lo que hizo. El montañero aquí es solo uno más de una lista volátil y anónima de satisfacciones que arribaron a buen puerto sobre estos miradores.
¿Qué mejor forma de disfrutar de esa humildad que la montaña nos enseña que sabiendo que ni siquiera podremos dejar una huella en su historia? Cualquiera puede hollar estas cimas, llegar hasta aquí en un suave paseo, pero no hay forma alguna de quedarse. Cuando ya no estemos, la montaña nos olvidará y no podremos dejar en estas pequeñas cumbres ni siquiera nuestro nombre como se deja en la historia de las grandes paredes cuando uno las conquista por vez primera.
Le hemos concedido a la montaña el papel de ser un extraño cuaderno donde el hombre anota sus logros en forma de ascensos, pero algunas montañas no tienen ni tendrán registros en sus páginas, porque ascenderlas no resulta hazaña alguna y la única recompensa que ofrecen es un sosiego momentáneo, un poco de pausa allí dentro en el abismo de nuestros humores. Estas montañas discretas vienen a enseñarnos la futilidad de las aspiraciones distantes, o mirado de otro modo, lo tangible que resulta el simple deseo de ser feliz, de sonreír mirando desde ellas el paisaje, de quedarse al margen de todo afán de perpetuarse más allá del ahora. La montaña grandiosa puede tal vez mostrarnos un cierto futuro y un modo posible de persistir lo que somos, pero la montaña pequeña y humilde nos habla del hoy, de ese disfrute parvo con el que se edifica la felicidad más sólida.
Puesto que las colinas no acostumbran a tener ni historia ni nombre, lo que el montañero pueda ver e imaginar en sus curvas no pasa de ser una anécdota que no habrá de pervivir más allá de ese instante, igual que sucede, ya digo, cuando se atisban formas caprichosas en las nubes. Emocionalmente, la colina es un lugar mucho más efímero que la alta montaña, despierta sensaciones que no están llamadas a durar, sino a que más adelante, cuando el montañero regrese ante esa misma silueta, vuelvan a aparecer de un modo distinto.
Empiezo a bajar la colina y dejo atrás este horizonte y los otros allá en la distancia, otras lomas que desde un ángulo nuevo darán formas distintas e imaginaciones diferentes. Y es en esa línea horizontal donde queda su esencia, donde está el esqueleto de la montaña y el trazo que la resume. Y el que debemos mirar y recordar para poder decir que conocemos una montaña.
De regreso, curioseo en un mapa estos mismos relieves y encuentro otra clase de líneas: alguna senda, algún riachuelo, y también las curvas de nivel donde se sueñan de antemano las conquistas y se van adiestrando los relieves. Las colinas tiene sobre el mapa una forma dulce, unas líneas bien espaciadas, sin apreturas, y con la cifra modesta en su centro, casi anecdótica. Las colinas tienen una entrañable fotogenia cartográfica que hay que aprender a buscar cuando se mira un mapa, allí escondidas, tímidas, entre los símbolos, las tintas y los trazos que reclaman su espacio.
Al fondo del paisaje, el sol, último conquistador del horizonte, se ha echado ya a dormir y ha borrado las líneas de los cerros, dejando un relieve sin identidad hasta mañana.