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Hace unos días volví a subir a mi colina de costumbre. Llevaba tiempo sin pasar por esas alturas. Arriba encontré las mismas cosas de siempre, tal vez con aire más cotidiano aún, como de cosas que no sé si habían cambiado o no desde la última vez, pero que era así como esperaba verlas, era ese su estado natural y lógico. La vista sobre las otras lomas, las curvas del paisaje, la forma de los árboles de acompasarse al viento, los sonidos, los vaivenes; todo era predecible y sin sorpresa, tenía una belleza perfectamente rutinaria.

En mi olvidado buzón de cumbre, busqué la respuesta que hasta entonces me fue esquiva, pero seguía sin haber noticias. Allí dentro estaba aún mi nota original, con un papel ya humedecido y ajado que acusaba el paso del tiempo y la falta de compañía.

La portezuela del buzón estaba entreabierta, y junto a mi papel había un montón de pelos y hojas y ramitas a modo de nido aún a medio hacer. Retiré mi nota y me la guardé en el bolsillo, pero no puse nada nuevo, solo dejé el espacio para que el habitante de aquel buzón tuviera más espacio si es que acaso había de volver.

Al fondo, las montañas seguían teniendo su figura altiva como tantos otros días, con el mensaje mismo que siempre cuentan desde la distancia. Entrecerré la puerta del buzón y seguí mi camino, dejando atrás esa colina, esa montaña solitaria y olvidada en cuyo buzón ya tan solo las aves dejan recado.

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