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El montañero esconde siempre un alma pirata, porque para él todo mapa oculta un tesoro, el de sus montañas, como si en ellas estuviera escrita la equis que marca el lugar en que cumplir un sueño. Y así, con ese espíritu, va buscando en sus cartas a la espera de descubrir algo, tal vez donde nadie lo espera, en el recodo que solo él conoce, porque los mapas, sobre todo si son de montañas, son en sí mismos tan insondables e imposibles de abarcar como el territorio que representan.Entonces un día el montañero se da cuenta de que su mapa no guarda un tesoro solamente en esos lugares señalados, sino que todo él es un tesoro; que puede subir también a las colinas, recorrer los valles, detenerse en las praderas que nadie dejó señaladas allí en el papel. Y que, siendo así, ya no es como él creía que se conquista ese tesoro, en un único lugar, veinte pasos al oeste, diez al norte, tomar la pala, cavar hasta tocar algo duro, sacar el cofre y admirar el botín antiguo. Entonces el montañero comprende que no es él el pirata que anda buscando el oro, sino el que ya lo tuvo y lo deja. Y que en esa tierra se guarda, en efecto, un tesoro, pero que lo que a él le corresponde no es sacarlo a la luz, sino el placer tibio y moroso de decidir dónde enterrarlo.