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Siempre he tenido la idea de que la montaña no es una cuestión de verticalidades, sino más bien de horizontalidades: la dimensión horizontal es la que guarda la esencia del montañismo y mejor lo explica. La montaña es, por encima de todo, un asunto de horizontes, un lugar donde encontramos la única forma posible de encaramarnos a ese limite incierto y coronar la línea que nos separa de la otra parte distante del mundo.

Sobre la llanura, el horizonte es indefinido, inalcanzable, burlón; no da opción alguna al conquistador inquieto y se le escapa sin descanso. En la montaña, los horizontes son tangibles, asequibles si uno desea hacerlos suyos. El horizonte en las montañas es una presa a veces esquiva pero al menos alcanzable, real, distinta de ese borde estático y monótono de las llanuras. En la montaña uno puede a ciencia cierta poner su pie sobre el horizonte mismo.

Los horizontes le permiten a quien los observa soñar con una cierta referencia, tener una estimación grosera de los limites a los que se enfrenta. Donde no existen horizontes, uno tan solo imagina sin saber muy bien qué hay al otro lado de la barrera, el sueño es más una hipótesis que un deseo.

Los horizontes distantes, marítimos, dejan una inquietud ansiosa y un vértigo en los adentros, porque ese límite es como el final de un arco iris al que no es posible hacerse y que puede observarse no más en la distancia. En el perfil recortado de la montaña, sin embargo, uno encuentra una forma tangible de horizonte sobre el que puede recostarse y poseer esa dudosa mitad del mundo que queda al otro lado; la silueta de los montes sobre el atardecer es una frontera real cuya conquista pertenece a lo factible, y en nuestra mirada eso le da el atractivo inevitable de las causas que pueden aún vencerse. No tenemos una ambición hecha para los retos imposibles, sino para aquellas empresas difíciles, sustanciosas, en las que atisbamos al menos una mínima garantía; y no son las cosas imposibles, sino las remotamente posibles, las que más estimulan el alma viajera del hombre.

El poder cautivador de las montañas resida tal vez en que al hacerse con la cima de una de ellas, uno no solo conquista una altura, sino que deshace una frontera, doblega ese horizonte que pasa a ser ya un límite vencido. Es por eso que en el paisaje de montaña las líneas más hermosas son las horizontales, el perfil reposado de las sierras. Porque en las trazas verticales se esconde tal vez el reto, la gloria, el escenario de la lucha entre hombre y montaña; pero es en la curva tendida, en el contorno de suelo, donde se posa la mirada para descubrir la belleza del monte.

Mientras subo esta colina me detengo a mirar el horizonte que forma, lo sigo hasta donde se pierde después de ondular sin prisa y dar forma a otras colinas iguales. De estos horizontes hechos de cerros y valles globulosos, lo que más me gusta es que son amigables. El horizonte de la alta montaña me ha parecido siempre más violento, acuciante, como si a pesar de la altura y la distancia no dejara espacio ni calma. Es una frontera hecha para la contemplación lejana, allá al fondo, pero en la cercanía tiene un aire demasiado seco e inquisitivo. Las líneas suaves de este paisaje alomado son sin embargo tranquilas y deleitosas, y aún así no pierden su carácter ni dejan de invitarnos a su conquista, a buscar sobre ellas la posesión de un límite invisible.

Al llegar arriba, me acomodo sobre un parche de hierbas despeinadas para mirar a la distancia. No puedo decir que estoy sobre la cima, porque estas montañas ni siquiera tienen una cima evidente, sino un perfil redondeado y amplio, moldeado con poca intención de dejar un rincón en el que saberse por encima de todo. Las montañas pequeñas en lugar de cimas y picos tienen en sí el horizonte mismo, la curva que las corona es un hilo que puede recorrerse y, aunque con menos celebración, tal vez conquistarse y apoderarse de él con igual ímpetu y certeza.

A esta colina subo casi cada día, a veces no más que para echar un vistazo y otras para pasar el tiempo sin necesidad de contemplación alguna. Algunos días me encaramo sobre una piedra y grito algo, como quien tuviera que dar un discurso en una plaza y se alzara para hacerse escuchar; otros dejo que el viento me dé en la cara o me creo que nadie estuvo antes en este sitio, que esta mía es a todos los efectos la primera añoranza que viene a depositarse aquí arriba. Todo ese imaginario particular de la montaña pasa por mi mente cuando subo a esta colina, y puedo hacer todo cuanto un montañero hace cuando corona, ya sea por primera vez o no, una cima deseada.

Cada cual se procura con el tiempo un paisaje en que reivindicarse con más fuerza. Para algunos no significa más que una vista que les deja un cierto calor familiar, esa tibieza de las cosas que no se extrañan; para otros llega a ser una necesidad, un vínculo vital que escuece al romperlo por más tiempo del imprescindible. Los montañeros son tal vez quienes más a menudo tienen este último tipo de referencias. Ya sea una montaña, una cordillera, un circo o una pared concreta, quien se aventura a la montaña suele guardar algún lugar del que no logra desembarazarse, quizás porque fue la primera cima de valor que logró conquistar, o tal vez porque la anduvo esperando durante mucho tiempo y al hacerla suya se supo por vez primera montañero. Y a veces, sin saber bien por qué, lo que al montañero le subleva las nostalgias es simplemente una colina, un montículo corriente y sin estridencias al que puede subir cotidianamente, y que a fuerza de hacerlo una y otra vez le va desgastando tenaz las esquinas ásperas de allá adentro. Una colina como esta, como esta colina mía, como esta montaña mía en la que ahora estoy.

Hoy me apetece quedarme aquí arriba mirando los colores y el tapiz ajedrezado de los campos, escrutando con más curiosidad que de costumbre las quebradas del terreno. Desde aquí se ven las curvas del resto de colinas, sus otros horizontes en la estampa voluptuosa de estos relieves, y la mirada se detiene a buscar formas en las lomas y símiles graciosos como los que se indagan en los contornos de las nubes. Cuando el ojo encuentra en el perfil de una montaña una forma, las más de las veces acaba dejando en ella un nombre, un topónimo que convierte la imaginación de quien observa en una certeza. La de la montaña, que es tal vez la toponimia más compleja y voluble, la que más bebe de lo místico y lo irracional, está llena de nombres que nacen de una silueta y de lo que esta invoca en el imaginario de los montañeros.

Las colinas, sin embargo, no tienen nombre. Las colinas son como los arroyuelos minúsculos y superficiales, o como las sendas difusas que no llevan a ningún lugar reseñable; parte de una geografía sin más cédula de identidad que sus propios perfiles y tal vez alguna línea en un mapa. En el mar de tierra adentro, la colina es el islote anónimo, irrelevante, a quien los años no han logrado procurarle una identidad. Tal vez sea ahí donde estribe una de las diferencias entre montaña y colina, no ya en la talla o el desnivel, sino en el hecho simple de haber sido nombrada. Las colinas no tienen nombre y, de tenerlo, tal vez entonces deban llamarse «montañas», porque es entonces cuando habrán convocado los sentimientos de la montaña, esos que obligan a uno a darle apelativo al lugar de sus emociones.

A estas alturas de la historia, las cosas que no han tenido nombre es difícil ya que lo encuentren. Sigue sin importar mucho darle un apelativo inequívoco a los cerros humildes, a los cabos de mar discretos, a las charcas y los retazos de bosque. Por eso estas colinas se subirán sin denominación alguna, como si no estuvieran en el caprichoso mapa de los tiempos, mientras que las montañas tienen siempre nombres antiguos, nombres que el hombre les puso incluso antes de lograr subirlas, para así poder guardar después ese suceso cuando hubiera de llegar.

A veces siento que pertenezco a estas colinas, hay un hogar veraz aquí arriba cuando me siento a observar. Y lo más hermoso de sentirse nacer en un sitio sin nombre, o de descubrirse a sí mismo arriba de un cerro anónimo, es que entonces uno ya no tiene más gentilicio que el de su propio cuerpo.

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