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Volviendo al asunto de los horizontes y las líneas, hoy diría que estas colinas tienen una silueta más fiera, como pintada allá en lo profundo con una tinta muy negra. Como de borde mal recortado. Desde lo alto de mi colina, el horizonte parece estar flotando, separado del lienzo azul que no se sabe bien dónde concluye. Unos cuervos alzan su vuelo torpe y ruidoso, y su graznido resuena como un grito profundo, como si retumbara por los roquedos de una cima más alta. Hoy diría que estas colinas son más montañosas que de costumbre.

Hay días en que las colinas quieren ser montañas, o en los que tal vez a quien las sube le apetezca imaginarse que lo son y las hace aparecer con un aire más grandioso y henchido. Hay días en que subir una colina es más que alzarse a un oteadero próximo, se antoja una empresa más fatigosa que al completarse diera derecho a merecer la recompensa de ese paisaje que se atisba, ese vértigo que no dan las alturas sino las distancias llanas sin límites.

Montañas o colinas, colinas o montañas, poco importa en realidad la talla, incluso en tardes como esta. Lo que de veras importa es subirse de cuando en cuando hasta un lugar así y poder avistar más allá de lo corriente; lo que cuenta es poder viajar a veces en esta vida sobre la proa del barco mientras surca el océano de los días, de las tardes lentas, de las soledades que saben agazaparse dentro de uno y no es fácil desterrarlas.

El aire es claro y el paisaje tiene una textura blanda. Parece como si se hubiera echado una manta coloreada sobre el terreno, una manta lanosa con el estampado mismo de este juego de sembrados y bosques, con el jaspeado de los cultivos y los árboles que van entrando con timidez en el otoño. Hoy las colinas quieren ser montañas, o tal vez siempre lo sean y simplemente en días así resulte más evidente esa reivindicación de su estatura.

Me he subido ahora a una colina más afilada, a la que tiene la cumbre más marcada de todas las que conozco aquí. Desde esta estrechez cimera, disfruto la libertad de las cimas y me da por pensar que no solo ha de ser en las montañas más augustas donde uno pueda sentirse desasido y dueño por completo de su destino. Porque esa libertad grandilocuente de las montañas, ¿qué diferente es de esta de aquí mismo? ¿Acaso no se es igualmente libre en estos pequeños rincones, e incluso allá donde no existen montañas? Será que no sabemos sentirnos libres más que en los escenarios engolados y en las naturalezas más agrestes, y que se nos va olvidando que somos igualmente libres en los instantes simples. Y que no solo en la soledad de lo remoto encuentra el viajero su albedrío, sino también en los encuentros y las comitivas, en las ciudades, en las algarabías y las muchedumbres familiares.

A veces las colinas quieren ser montañas, y a veces los hombres queremos ser algo más que hombres, sentirnos un poco más en posesión de nuestro propio destino. A veces queremos domar la tierra y las distancias, y ver morir el día desde lo alto de una montaña y velarlo con la displicencia con la que se velan las cosas que viven poco, que se van demasiado pronto, y a las que siempre supimos que habríamos de sobrevivir.

Así es esta jornada fugaz que ahora se extingue en el horizonte para regocijo del montañero.

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