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Hablaba hace unos días con un amigo sobre esta querencia mía por las pequeñas colinas y los viajes cercanos, y él me respondía diciéndome que no debía dejar de ir a esas montañas mayores ni a esos destinos más exóticos y distantes, que había aún mucho mundo allá esperándome. Añadía después, como para dar más peso a su argumento, los nombres de algunos de los lugares que él había visitado últimamente, y que suponía que también a mí habrían de interesarme.

No me cabe duda de que disfrutaría cada uno de esos viajes, pero soy de los que piensan que las pasiones como viajar o como subir a una montaña hay que guiarlas a base de lo que uno siente en cada momento, y si apetece más quedarse a la vuelta de la esquina mirando un vulgar panorama que marcharse a ser testigo de una belleza exótica, es menester dejar para más tarde, o tal vez para nunca, esa tarea más amplia que a día de hoy no nos estimula como debiera.

Piensa este amigo mío que debo aprovechar ahora que puedo, antes de que las obligaciones, la edad, o cualquier otro cambio en mi vida me impidan acometer la empresa de subir montañas o viajar lejos, y no esperar a cuando tal vez no disponga de tiempo o valor para ello, quedándome entonces tan solo con el deseo ya imposible de cumplir y el arrepentimiento de no haberlo hecho antes.

No es la primera vez que oigo estas palabras. La mayoría de gente piensa que un hombre joven debe viajar siempre que pueda, que debe lanzarse al mundo por el mero hecho de que su juventud se lo permite, y cuanto más lejano e inaccesible sea su destino, mejor estará aprovechando la oportunidad que, en forma de salud y libertad, la vida le brinda para conocer mundo. A mí esta me parece una teoría ridícula, porque pienso que uno ha de viajar cuando y a donde le venga en gana, y sobre todo porque olvida que el hecho más inevitable de los lugares que visitamos es que cambian a cada instante y nunca vuelven a ser los mismos. Cualquier sitio al que llegas era distinto ayer y será distinto mañana, y si dejas pasar el tiempo suficiente es probable que ni siquiera llegues a reconocerlo.

Ese lugar inhóspito, remoto, al que sin embargo puedo todavía llegarme, o esa montaña más dificultosa, es probable que dentro de un par de décadas queden ambas fuera de mi alcance. Pero lo que es seguro es que este enclave desde el que escribo o ese pequeño pueblo a unos kilómetros de aquí que fui a visitar hace unos días, ambos van a ser ya imposibles de alcanzar, porque no serán los mismos. Y aunque sí que pueda ir hasta ellos, la verdad que habrá de esperarme será bien distinta de la que hoy encuentro.

Dentro de esos años seguirán estando los grandes edificios, los caminos y carreteras, probablemente los bosques y los animales y los atardeceres de postal y las sombras. Estarán las rocas y los castillos y palacios de otrora, los colores del cielo, los horizontes. Pero faltarán los hombres y mujeres que recorren esos caminos, la forma en que hoy día miran esos paisajes, el saludo que se ofrecen al cruzarse a la vuelta de una esquina. Faltarán ese queso que se vende en la pequeña tienda y el hombre de rostro aniñado que sonríe al despacharlo y cobra tres euros la pieza. No estarán los mismos olores ni las mismas risas, y las abuelas tendrán historias distintas que contar a sus nietos. Será diferente la jerga de los adolescentes que salen de la escuela. Faltarán, en definitiva, esas cosas que realmente valen la pena en un viaje, la parte humana de una verdad en la que a través de los años solo perdura lo inerte, aquello que no causa nostalgia ni desasosiego. Y será así también con la forma en que se sube las montañas, con el espíritu mismo de los montañeros, ya sea que suban grandes picos o pequeñas colinas.

Quizás por esto el arrepentimiento de llegar tarde a un lugar sea más doloroso que el de no poder llegar ya nunca, porque es un sucedáneo amargo que acentúa aún más si cabe la sensación de malgastar el tiempo, de haber alcanzado solamente esa mitad de las cosas que no nos hace temblar el alma.

Mis deseos viajeros están hoy día más poblados de tiempos que de lugares. No me faltan destinos que quiero visitar, pero son muchos más, o al menos más intensos, los lugares que ya conozco y que quisiera poder disfrutar en un momento pasado. Me contento con leer acerca de ellos, y es este uno de los pocos casos en que la experiencia de otros alcanza a sanar mi propio deseo viajero, quizás porque se trata de un imposible tan evidente, de una derrota tan irrevocable, que creo que no tiene sentido alguno afligirse por ello.

Me queda el consuelo de pensar que, si bien ese pasado ya está fuera de mi alcance, este mismo presente que veo y sobre el que escribo va a quedar muy pronto inaccesible de igual modo, y serán otros los que entonces añoren venir a este ahora que yo disfruto. Y seré yo quien atesore la verdad de hoy que entonces será remota y exótica, no necesariamente atractiva pero siempre extranjera.

Hay un orgullo obvio en ser el primero en ver algo, en hollar una cima o en cruzar alguna frontera que otros no han franqueado antes. Pero a estas alturas de la historia, no quedan ya muchas cosas nuevas por hacer. Los retos hay que buscarlos más allá del propio viaje, porque ya apenas hay lugar para descubridores ni buscadores de lo inexplorado.

Sin embargo, un viajero puede perseguir la meta opuesta, la de encontrar sitios que dejan de ser lo que fueron y visitarlos no para ser el que los contempla por primera vez, sino el último que puede atestiguarlos. No para dar comienzo a la historia, sino para concluirla. Quizás sea por esto que nos gusta exagerar cuánto cambian las cosas que hemos conocido, porque así afianzamos lo que sabíamos de aquel entonces que no es tal y tenemos al menos el consuelo de haber visto algo que creemos ya extinto, algo así como ese orgullo que dicen que se ha de tener en las derrotas.

Incluso si los lugares no cambiaran y fueran siempre iguales, sigo sin verle mucho sentido a esa máxima de aprovechar la juventud y no esperar a que sea supuestamente tarde. Parece que no existe otra actividad en la que la vejez nos cause más miedo que en el viajar, que para ninguna otra tarea la edad nos incapacite de tal modo, cuando la realidad es que hay muchas otras cosas en las que resulta más urgente aplicarse cuando aún se es joven.

Quizás algún día pueda arrepentirme de todo esto, de alcanzar un momento en que no pueda ya lanzarme a la aventura ni subir montañas y darme cuenta de que tuve destinos y retos a mi alcance que tal vez no eran fáciles entonces, pero que ahora son por completo inasequibles. No es este un arrepentimiento desdeñable, pero tampoco lo ha de ser el opuesto, el de atesorar destinos como conquistas y descubrir que el tiempo que uno empleó en ello prefería haberlo gastado en otra cosa; el arrepentimiento de haber llegado lejos, quizás donde nadie antes había llegado, y cuando ya es tarde pensar que se echan de menos no las grandes hazañas, sino las pequeñas victorias de cada día. Esas que también necesitan un tiempo y una dedicación de los que ya no se dispone.

No hay momento mejor para viajar a un sitio que el ahora, con independencia de si nos separa de él un breve paseo o un periplo de semanas, y sin importar lo simple o costoso que resulte alcanzarlo. Y no hay tampoco un orden mejor que otro para ver el mundo, ni una lista de lugares prioritarios a tener en cuenta cuando uno se echa a caminar.

Si puedo elegir, prefiero dejar de lado hoy los escenarios distantes y quedarme con esto, con estas colinas, con sus árboles pequeños y sus bosquetes humildes, con los pueblos que crecen en sus faldas, con los caminos que las surcan y en los que no existe más pretensión que la de pasear las nostalgias, con los paisajes recios que esta tierra obsequia. Es esto lo que quiero guardarme hoy, las estampas que no quiero arriesgarme a que me falten mañana en mi álbum de recuerdos. Y sobre las que quiero escribir y escribo, tal vez para tener entonces algo que me devuelva el orgullo de mí mismo, ese que es probable que algún día no dentro de mucho comience a faltarme.

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