34
No es cierto que en las montañas viva el riesgo y en las colinas la templanza, que unas gusten a quien tiene más arrojo y otras a quien prefiere las rutinas sin sobresaltos. No es cierto que en las grandes alturas, incluso en aquellas donde buscamos retos y dificultades, uno sienta ante el poder de la montaña más miedo que el que pueda sentir sobre una colina. Miedo se siente en cualquier lugar, no hace falta exponerse al vacío. A fin de cuentas, ¿en qué lugar está uno a salvo de las grandes tragedias? ¿Acaso no llega el dolor a todos los rincones a los que podemos alcanzarnos? Quizás se corra incluso menos riesgo escalando una montaña que quedándose lejos de ella. En la vida no se busca sentir emociones y miedos, más bien se buscan o dejan de buscar los lugares en que uno se sabe a salvo de estos.El riesgo de las montañas es el riesgo de ellas mismas, el de subirlas, el de enfrentarse a sus cimas; el miedo es el miedo a lo que la propia montaña pueda hacernos. En las colinas es bien distinto, es a uno mismo a quien se teme, a lo que se tiene y se puede perder; no hay más riesgo que el de ser quien somos, y a lo que subimos no es a encontrar los peligros, sino a confirmar que existen allá abajo y no podemos dejarlos atrás.
Algún día estuve arriba de una montaña y me puse a prueba, escogí el camino difícil, se pudiera decir acaso que tenté la suerte. Alguna vez, quiero decir, uno fue irresponsable o al menos tuvo sus dudas, le pareció que no debería andar entonces por aquellas alturas. Pero ahora estoy en la seguridad de una colina y son otros los vértigos y otras las incertidumbres; me pongo a pensar en lo lejano que es todo y tengo miedo, y más aún si pienso en lo difícil que es volver a recuperar la cercanía cuando uno la pierde, en lo mucho que nos separa siempre de todo lo que en cada momento deseamos.
Sucede que, enfrentados al peligro, como en esas montañas donde el montañero ha de jugarse frente al azar las certidumbres, nos aproximamos un poco a la muerte, lo justo para atisbar al otro lado, y aquello que vemos es lo que nos inquieta y nos hace ver después el mundo de otro modo. Y sucede que en la calma chicha, en la seguridad plácida tal y como la obsequian las colinas, no es la muerte, sino la vida, quien viene a soliviantarnos las certezas; la vida que se nos muestra como la soñamos, henchida, rebosante, hermosa. Y entonces, de pronto, para que sintamos miedo, nos susurra al oído que todo esto bien pudiera acabarse hoy mismo.