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Fue el guía de montaña Armand Charlet quien, hablando acerca de la ascensión a la pared norte de las Grandes Jorasses, dijo aquello de «ce n'est plus de l'alpinisme, c'est de la guerre». Ya no se trata de alpinismo, es la guerra. Eran tiempos en los que, ciertamente, los alpinistas se enfrentaban a las paredes como en una contienda a fuego abierto, y en los que el riesgo de que tan particular enemigo les quitara la vida era más o menos el mismo que lanzándose a un frente real de batalla empuñando una bayoneta en lugar de un piolet. Quien en aquellos tiempos conseguía hacer cima en una de esas grandes montañas sentiría, a buen seguro, el júbilo mismo de haber ganado una guerra, si bien una extraña en la que el otro bando no es derrotado y en la que se lucha no por ganar algo sino por vencerse uno a sí mismo.

Las guerras de verdad, no las del alpinismo, suceden no obstante rara vez en la montaña. Porque las guerras que son tales, las que se luchan con pasión y empeño pero también con odio, las que dejan muertos en ambos frentes, esas guerras donde se libran es sobre todo en las colinas.

La colina es el rincón más estratégico del paisaje. Estas atalayas de valor escaso se convierten en piezas clave que deciden el resultado de una lucha, se cobran vidas y mellan siempre los orgullos sin importar el balance final que arrojen. Sobre los cerros se defiende el territorio como desde lo alto de un castillo, y las cimas son almenas y los valles son fosos y la loma misma a la que ahora se llega sin dificultad es una plaza fortificada e inexpugnable.

El lenguaje mismo nos habla de las colinas como escenario de batallas. Cuando se dice que alguien «conquista» una montaña, esa conquista no implica la victoria de ningún bando, ni un contrario a quien le es arrebatada, sino tan solo algo que consigue aquel que la escala, o que en todo caso pudiera entenderse como una victoria del hombre, como un logro que puede a partir de entonces legarse. Pero cuando decimos que uno conquista una colina, entendemos que lo hace frente a otros, que la posesión de la colina cambia a la facción opuesta y hay una lucha de poder en la que no todos pueden salir victoriosos. Las montañas se conquistan, sin importar que no se sea el primero en subirlas; las colinas ya tan solo se reconquistan.

Sobre estas colinas de aquí me consta que se luchó en otro tiempo. Se defendió y se atacó y en este mismo suelo cayeron hombres de los que ya no queda ni el recuerdo. Este gesto tan bucólico de observar a la distancia se hacía entonces no más para localizar al enemigo, y con el miedo y la desesperación tomando el lugar de esta tranquilidad que a mí me invade ahora al hacerlo.

Es extraño pensar en estas colinas tan pacíficas como escenario de batalla alguna. He conocido pocos lugares mejor dispuestos para que los hombres se entiendan, y estoy convencido de que estas alturas domésticas podrían hacer tolerante y comprensivo a cualquiera. Yo traería aquí a mis enemigos para tratar de olvidar nuestros rencores, porque no debe haber mejor forma de hacerlo que sentarse aquí arriba a ver pasar las horas sin hacer nada, es un remedio inmejorable para todas las inquinas y furias que le anden a uno royendo por dentro. Pero sobre estas colinas ahora tan pacificadoras ha pasado la muerte como lo hace también sobre las montañas, a cobrarse igual moneda en quienes perseguían a fin de cuentas un mismo objetivo: llegar a lo alto de un monte.

Yo nunca he sido amigo de esas visiones guerreras de la montaña y el montañismo, quizás porque no he sentido la necesidad de alzarme sobre ellas poniendo en riesgo mis futuros, pero sobre todo porque las montañas siempre me han resultado lugares pacíficos, reductos de una calma donde no tiene cabida lucha alguna, ni siquiera la que se hace contra uno mismo. Arriba de las montañas, al igual que sobre las colinas, siempre me he sentido a salvo, mucho más a salvo que fuera de ellas. Es quizás un sentimiento extraño para un lugar en el que, aunque puede ser que ya no de la forma descarnada en que se hacía en otros tiempos, una buena parte de gente acostumbra a jugarse el tipo e incluso disfruta de ese riesgo como elemento atractivo de la montaña.

A mí siempre me resultaron demasiado incómodas esas placas que uno encuentra pegadas a la roca allá en el lugar en el que un montañero perdió la vida, a veces en un paso obvio, sin dificultad, donde despiertan una intranquilidad mayor si cabe. esta es probablemente la razón por la que prefiero ahora las colinas, o al menos las montañas fáciles y sin peligros; aquellas donde pueda siempre sentirme más seguro que allá abajo.

Voy a atrincherarme ahora arriba de esta colina y proclamar como mío este panorama de mediodía entre las lomas. Desde aquí veo algunos pueblos no demasiado lejanos, los hombres que trabajan el campo, los coches que recorren las carreteras tapadas a ratos por hileras de plátanos. Quiero reivindicar esta paz de las colinas, invitar a todas esas gentes a que suban y sepamos que este paisaje nos pertenece por igual y sin contiendas. Qué sensación de posesión más hermosa ofrece esta cima, en la que uno siente dominar la tierra que se extiende a sus pies pero sin perjuicio de nadie, y en la que se es señor de un paisaje que otros pueden dominar de igual modo que nosotros.

Ahora que la historia parece habernos ya enseñado que no vale la pena batirse innecesariamente, quizás sea buen momento para hacer de las colinas lugares más plurales. O, al menos, en la soledad de estos altos, pararse a pensar en lo hermoso que resulta compartir los lugares en lugar de disputarlos.

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