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La tarde la pasamos allá arriba, sin hacer nada más que ponderar el canto de las aves y, sobre todo, el silencio que dejan cuando callan o emprenden vuelo. Teníamos el escenario de las colinas para ahondar en todo ello, y así fuimos repasando la lección de estas estampas, los requiebros conocidos a los que es necesario volver a mirar para que no se nos hagan ajenos. Porque los paisajes se aprenden como los idiomas: algunos, de manera espontanea e innata desde que se nace; otros, ya tarde, de un modo académico y más meditado que no logra enraizarlos en la voz de cada cual.Pudiera ser que los paisajes en sí fueran idiomas y que en todos ellos el mundo nos contase la misma historia, esto es, el significado de andar vivo y darse forma cada día frente a una u otra estampa. Tendríamos así idiomas altisonantes, líricos, con palabras grandilocuentes, como sería la lengua de las montañas, y otros simples, de pocas palabras, sin más aspiraciones que la de dar un mensaje claro y sencillo, como sucede en las colinas.
La tarde, como digo, la pasamos allá arriba, conversando con estos paisajes a los que hemos aprendido a entender sin equívocos. Luego el día se apagó de una forma un tanto extraña. El cielo tenía en lo alto un color azul profundo y no había ni una mancha de blanco, pero sobre el horizonte se habían posado unas nubes densas, espesas, que formaban un zócalo casi opaco, como derramadas sobre las cumbreras de las últimas colinas. Cuando el sol llegó hasta las nubes, comenzó a sumergirse tras ellas y el atardecer fue allí, sobre esas nubes en lugar de sobre el horizonte, y la luz última de la tarde tuvo unos tintes diferentes.
Las colinas se quedaron con un aire de decepción, afligidas por haber perdido en el último momento ese gozo suyo del atardecer y tener que esperar hasta mañana para abrazarse a los resoles tibios del ocaso. Daba algo de congoja observarlas, con la silueta pedigüeña y el tono gris que quedaba en el aire.
Mientras volvíamos, comenzaron a encenderse en los pueblos las farolas de sus calles, con su luz anaranjada como de pequeñas lumbres que lanzaran guiños desde la distancia. Se podría contar mucho de estos pueblos y de la forma en que habitan estas colinas. Porque, al contrario que los pueblos de montaña, también recoletos pero siempre a la sombra de aquéllas, los pueblos de las colinas se suben sobre estas, a veces solo un poco, con timidez, otras con total desvergüenza hasta la misma cima. Los pueblos de las colinas las habitan y las colonizan, se les suben a la chepa como niños sobre la grupa de un padre que juega con ellos, tal es su relación con estos relieves.
Estuvimos hablando de los pueblos, de las gentes, de lo que significa vivir aquí o en otros lugares, ya sea cerca o lejos de las montañas. Y hablamos también de las montañas, porque arriba de una colina se piensa y se discute muy a menudo sobre montañas, sobre todo si estas pueden avistarse allá en la distancia.
Llegamos a casa y encendimos el fuego. Y volvimos a mirar allí en las llamas otro atardecer impostado, otro sucedáneo falso del ocaso con su colores encarnados y sus melancolías.