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Prometimos volver. Dejamos dicho en la cima que regresaríamos algún día, uno cercano a ser posible. Prometimos subir de nuevo a la colina porque así se hace siempre en realidad cuando uno deja atrás una montaña, hay un acuerdo tácito de acudir de nuevo. El montañero es un viajero con una particular querencia por los regresos, eso es un hecho.De nada sirve subir una montaña una sola vez. Pocas cosas cambian menos que una montaña, y sin embargo pocos lugares exigen como las montañas que repitamos nuestras visitas, porque de otro modo la experiencia es apenas una anécdota con muchos visos de olvido. El montañero es de naturaleza insistente, terco en las pasiones y los arrebatos, esto también se sabe.
Los lugares así, constantes, se han de retomar una y otra vez, no ya en busca de algo novedoso, sino de un contraste nuevo entre esa verdad a la que regresamos y aquello que ahora venimos siendo. Porque necesitamos referencias con las que calibrar hacia dónde vamos, la forma en que maduramos, la validez de nuestras decisiones, o si merecieron la pena los llantos que pasamos.
Prometimos volver y hoy lo hacemos, igual que entonces mirando desde aquí arriba como si no hubiera de abandonarse nunca esta vista. Recordamos que entonces era un momento distinto, al final de la tarde, primavera, con el aire más claro que hoy y más espacio allá en la distancia. Jugamos así a esos contrastes con los que el recuerdo cobra un valor más cierto, y a las comparaciones que nos explican esta pequeña parte de nuestra historia y desagravian los sesgos de aquel entonces. Somos felices como en aquel día, pero también la felicidad se presta a comparase, porque nada reconforta más que descubrir que ahora uno sabe ser más feliz que en otro tiempo, no hay aprendizaje del que uno se sienta más orgulloso. ¿Y qué mejor lugar que este de las colinas para baremar las alegrías?
Sobre nuestra colina, cuando partimos, queda un nuevo compromiso de vuelta que no pronunciamos, y tal vez también, aunque ligera, una nueva muesca en la piel del recuerdo.