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A primera hora de la mañana, apenas con esa luz con la que el sol va anunciado su entrada a puerto, la comitiva se ha instalado al borde del río. Eran tres hombres, ropa de pescador y saludo campechano, con el aire somnoliento de quien cumple un oficio madrugador y prepara la voluntad para el resto de la jornada. Cada cual llevaba su silla, sus aparejos, su dosis necesaria de paciencia, mientras el río seguía bajando junto a ellos ajeno a su papel fundamental en esta empresa.Estaban allí, recién llegados, cuando he pasado en un paseo tempranero, también para aprovechar esas primeras horas que ahora traen un frío rejuvenecedor. Me han dedicado una sonrisa y han seguido a lo suyo, que todavía quedaban cosas por preparar antes de poder sentarse caña en mano.
No he tardado mucho en llegar a lo alto de la colina, desde donde se veía la hendidura del río, apenas riachuelo, y la mancha de la pequeña chopera, ahora casi sin hojas, donde los hombres habían instalado su campamento. He hecho mi pausa como de costumbre en las alturas, una vez más esperando encontrar en la estampa de esta atalaya algún símbolo desacostumbrado con que entretener los pesares, y he pensado que esta tarea tiene mucho en común con la de aquellos pescadores allá abajo.
Al viento de la mañana se lanza la mirada como un sedal a la espera de un poco de fortuna, y se espera paciente a que con suerte pique una idea, un pensamiento, un recuerdo, o tal vez el destello de una luz repentina o un agitar de frondas en la distancia. Y mientras se espera, uno va moliendo lo que guarda y soltando los lastres, y las emociones de la espera son en realidad lo que uno vino a buscar, no es otro el premio que se espera.
Por eso a veces, no es extraño que así suceda, la vista se hace monótona, vacía, y el tiempo allá arriba no da fruto alguno, pero nada le importa al montañero, que vuelve como si todo lo hubiera visto desde su oteadero. El montañero, como el pescador, puede abandonar la montaña con la cesta vacía y aun así dar por exitosa la jornada a su manera. Porque al menos se traerá siempre de vuelta una reflexión, unas ideas enmarañadas que van retumbando en el camino, una historia de otra ascensión más que al llegar a casa podrá poner en un papel para sentirse en paz.