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Lo mejor de las costumbres sencillas como esta de subirse a las colinas es que uno puede compartirlas siempre que así lo quiera. No es fácil vivir con otros la emoción de alzarse a una cima difícil, quizás incluso nadie de entre nuestros íntimos sería capaz de seguirnos en esa tarea. Hay que conformarse con las fotografías, con los relatos, porque las vivencias extraordinarias dejarían de serlo si pudieramos hacer partícipes de ellas a todos los demás. Pero subir a una colina puede hacerlo cualquiera, es fácil dar a probar a otros aquello mismo en que ponemos nuestras pasiones. Y es esto tal vez lo que las hace grandes.
Un día, sin esperarlo, al subir con un amigo a una colina que él nunca ha visitado y enseñarle tu rincón privado allá arriba, sucede de pronto que es él quien te enseña sin quererlo rincones que tú mismo no conoces, pone atención en detalles que tú pasaste por alto y te descubre que hay esquinas en las que después de todo este tiempo nunca te habías fijado. Piensas entonces que es la mirada fresca la que obra este pequeño milagro, que a ti la costumbre te borra ya la capacidad de sorprenderte con esos retazos. Pero hubo un tiempo en el que tú eras también un recién llegado, y entonces verías otras cosas llamativas y enseñarías a tu anfitrión de aquel tiempo nuevos recodos y singularidades en las que él mismo no habría recalado antes.
De todo esto, no queda sino deducir que tenemos la mirada y el sentir sesgado, y que no es sino con ayuda de otros que vamos corrigiéndolo y acercándonos a la verdad como una mezcla de lo que vemos entre todos. Y que cuanto más solos estamos, más equivocada e imprecisa es la concepción que tenemos del mundo.