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Es probable que nunca hayas subido una colina. Llegaste hasta allí arriba, pero no fue del modo en que la voluntad de estos relieves rige: no te detuviste a mirar y valorar las distancias, llenar con temple los pulmones de aire fresco, disfrutar el viento que sopla por el babor de las nostalgias, instigar desde la cumbre los azarosos mecanismos del recuerdo y la vida. No subiste a una colina como se sube a una montaña. Porque así es como se han de subir las colinas, como si se tratase de montañas, como una empresa enjundiosa a la que uno ha de entregarse sin remilgos.

Ahora ve y búscate una colina. Alcánzate hasta ella, súbela, manifiéstate allá en lo alto como lo harías sobre una cima de renombre, de esas que tal vez ya subiste o tienes pensado hacerlo para calibrar tus esperanzas. Fue sencillo, fue rápido. ¿Acaso no pueden ser así las cosas en la que se apuntalan la felicidad y los orgullos de la vida?

Desciende. Anota esta gesta en tu cuaderno de momentos. Piensa en repetirlo, en lo fácil que sería subir una vez más. Ahora ya has subido tu primera colina.

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