Prólogo

Al montañero, que si bien nunca conquistó cima de gran calibre sí que guarda en su haber algunos picos nobles y muy dignos, le invade desde hace tiempo una querencia por los lugares menos altos, por las redondeces básicas y los contornos más fundamentales del paisaje. En lugar de aventurarse ya en las alturas y las dificultades, se entretiene ahora en hilar los altozanos y los cerros simples, toma una vereda y se alcanza hasta la cúspide de un montículo breve y se detiene allí un momento a observar antes de bajar y continuar su paseo por las vaguadas, y más tarde se encarama a otra, y luego otra más, y va tomando vistas de la misma tierra desde techos distintos. El paisaje de montaña en el que hoy deja sus sueños ya no es el de las cimas imponentes, sino el de esta colección de horizontes bulbosos que se sobreponen y galopan uno encima del otro, estas curvas suaves y panzudas decoradas con pequeños bosquetes o tapizadas de unos prados tímidos y de aire honesto, con las que se enfrenta ahora del mismo modo que en otro tiempo lo hizo con relieves de más enjundia.

Al montañero no le han dejado de gustar las grandes montañas, ni las nieves, ni los riscos, ni las aristas acuchilladas, pero siente ahora que esos objetivos, aunque nunca le obsesionaron por su magnitud ni persiguió en ellos gloria alguna, no son de por sí más nobles que las otras elevaciones que ahora disfruta. Y no cree que, para proclamarse montañero, uno deba buscar esas cimas, sino que bien puede investirse de tal rango en estos relieves modestos que hoy prefiere. Al montañero le gusta hoy ser un montañero de bajuras, de lomas tímidas, porque está convencido de que guardan toda la verdad en la que la auténtica labor montañera se sustenta.

Si lo piensa bien, lo cierto es que no recuerda la última vez que estuvo en una de esas montañas mayúsculas y acometió la empresa de ascenderla, pero siente que no es ahora menos montañero que entonces, sino tal vez incluso más. A fin de cuentas, se podría decir que comprende mejor la naturaleza misma de la montaña y es capaz de encontrar su espíritu incluso en los altos más humildes del paisaje.

El montañero cree que todas estas colinas suyas, aunque quizás su talla puede ser que no alcance, deberían ser llamadas por derecho propio montañas, porque esta no es una categoría que se obtenga por el mero guarismo, sino más bien por la consideración de aquellos que las suben y las comprenden. Opina que estas lomas cimeras, atalayas de este paisaje sin asperezas, tienen la sangre de la verdadera montaña, de esa que calma las destemplanzas y deja las ansias atribuladas, ansiosas de más altura.

Dice el diccionario que una montaña es una «gran elevación del terreno» y que un montañero es aquel que practica la ascensión de altas montañas. En el lado físico y académico de las definiciones, existe pues un orden lógico en el que el concepto de montaña precede al de quien deja en ella partes iguales de su tiempo, su energía y sus afectos. No existe el montañero sin una cima alta y bien trazada en la que proclamarse.

Sin embargo, más allá de lo lingüístico y lo geográfico, en el lado humano de lo que la montaña significa, esta lógica se invierte y es el hombre quien define a la montaña, porque una montaña es tal únicamente si quien la asciende así la considera. Cada cual escribe sus montañas tan solo en el momento que las toma, no antes, y lo hace sobre la base de un criterio que sabe poco de números e hipótesis, pero mucho de pálpitos y paciencias.

Al subir estas colinas, a este montañero le apresa las más de las veces la misma verdad que cuando pisa cumbres más altas: esa de ser alguien que persigue las cosas que habitan sobre el labio del horizonte y a quien le gusta ese viento distinto que se hilvana en las piedras allá arriba; alguien que encuentra una paradójica humildad viendo las cosas a sus pies y no sobre sí mismo, o que es capaz de entender un hogar acogedor en la más inhóspita de las intemperies. La idea de montaña, que de por sí no tiene sustancia humana, la entiende así no más que como aquello que un montañero asciende, tan solo un escenario de sus oficios, un rubro en el que clasificar la emoción que le provocan ciertas alturas. Es en el sentir de quien la conquista donde vive esa verdad que sanciona como montaña a una pieza del paisaje.

Al montañero le enseñaron desde pequeño a amar las montañas. Pero más allá de eso, aprendió a amar todo tipo de relieves: las curvas y ángulos que se forman en la distancia, las alturas que hacen sombras en el paisaje, los cuchillares afilados y las lomas de curvas dulces donde el sol al atardecer se solaza como un paisano a la siesta, todos los lugares del territorio en los que puede separarse un norte y un sur, las pendientes, los falsos llanos, las hendiduras de los regatos sobre el pelaje de la tierra, cualquier atalaya en la que saberse vigía. Porque eso es lo que él llama montaña, esas son las realidades que guardan aquello que le une a todos los que antes que él mismo han disfrutado subiendo y bajando sobre la costra vieja de este mundo. Y es en esos lugares donde, si la suerte y el orgullo le son propicios, se siente como tal montañero de vez en cuando.

El montañero tiene más pasiones que la de las alturas y las pendientes, ya sean estas modestas o grandiosas, y en los días de buen tiempo gusta de pararse a mitad de un paseo y escribir historias y versos. Hoy piensa que es buen día para escribir estas ideas suyas sobre las montañas que no son tales pero debieran serlo, para elogiar estas colinas, para reivindicar su grandeza y subirse a ellas a gritar que allí se encuentra todo lo que parecemos empeñados en buscar solo en aquellos rincones a los que se arriba con riesgo y dificultad. Por eso, el montañero ha cogido hoy su cuaderno de notas, se ha sentado en lo alto de una colina, y ha empezado a escribir un libro.

↩ Índice · →