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De noche las colinas son aún más montañas. Cuando no queda más que una luz tenue, la línea de sus horizontes sigue ahí como única referencia del paisaje, y según se pierden la perspectiva y las distancias, parecen verdaderas montañas, lejanas tal vez, desde la que lo más probable es que nadie nos observe. Más aún, la noche convierte todas las cimas en rincones ignotos, en recodos igual de distantes y dificultosos que trazan el límite ahora dudoso del mundo.

Pasar la noche en lo alto de una colina le calma a uno todos los deseos de intentar cualquier otra empresa, tiene un efecto de bálsamo insospechado. Es una gesta banal que sin embargo suele tener sabor de gran acontecimiento, como si hacer noche en esas alturas le diera una notoriedad repentina a la colina y a quien la duerme.

Me he ido haciendo amigo de pasar algunas noches en lo alto de una de estas colinas, como una forma más sólida de conquistar esa placidez que ofrecen. Cuando tengo ocasión, me alcanzo hasta la cima en un paseo tranquilo al final de la tarde y dejo oscurecerse el paisaje mientras simplemente rebusco en él pequeños símbolos. Las más de las veces, me siento a comer algo y bebo un trago, y después observo la distancia y duermo cuando el sol se ha ido.

Todas estas colinas, que a la luz del día tienen un aire vivo y lleno de actividad, se van adormilando con un urgencia cuando llega la noche, y acaban siendo lugares estáticos donde la sensación de andar perdido y olvidado acaba agarrándome más que en otros rincones. La soledad resulta difícil sobre todo cuando no se la espera.

La soledad nocturna de las colinas es más inquietante que la de las grandes montañas, y quizás también más veraz. Es una soledad menos evidente, porque no está hecha de distancias y barreras, sino de un aislamiento invisible que suele coger de sorpresa a quien se decide a hacer noche en una de ellas. El mundo sigue quedando cerca, todavía al alcance, pero en esa proximidad oscura sigue llegándonos un mensaje solitario, ese de quien se sabe solo frente a sus propios valores. Arriba de las colinas, al anochecer, uno se siente abandonado mientras se sabe suficientemente cerca de otros, y esa soledad sin riegos es la que causa las mayores inquietudes.

Desde la cima de esta colina, a la luz de una luna raquítica y sin brillo, nada me parece ahora demasiado alejado, pero este rincón del mundo se me antoja remoto e inexplorado, por cuanto resulta improbable cualquier tipo de contacto. Desde el paisaje se asoman algunos puntos de luz, casas pérdidas y pueblos de los alrededores, dejando manchas tímidas de color bronce en el tapiz negro de la madrugada. La única soledad que borran estas luces es la de la mirada, porque para el alma de estas alturas, para ese alma montañera con la que uno se alza hasta aquí en la noche, no tienen más presencia que la luz misma de las estrellas, manifiesta pero distante, e inútilmente visible.

Ahora me echo a dormir antes de que la oscuridad sea completa, sabiendo que en estas cimas el sueño me llega con torpeza. Yo, que siempre fui de un dormir fácil y sin complicaciones, concilio en estas noches un sueño trastabillado que tarda en llegar y prefiere esperar a que haya escuchado todos los sonidos de estas alturas: sonidos de cumbre y sonidos de bosque, sonidos de animales y plantas, de cuestiones ya viejas, de las vísceras de uno mismo en ese enroque solitario que viene a hacerse en las casillas perdidas de este relieve.

Cuando no logro dormir, a veces me incorporo y vuelvo a mirar unos segundos lo poco que en la noche se avista desde aquí arriba, con las mismas luces pacientes allá abajo, alumbrando según imagino las calles de los pueblos vacíos en una labor tan inútil como esta mía de vigía en la madrugada.

Guarda poco misterio la noche por estos rincones. A veces el sonido de las hojas violenta la duermevela, o un animal inquieta con su paso si uno tiene cierta aprensión a lo oscuro, pero estas son noches de momentos pausados y sin congoja. Abajo, en el fondo del valle, un coche solitario deja un rumor que sube hasta la cima y musita la canción de cuna de estas alturas.

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