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El día comienza siempre temprano en las alturas, incluso en las más modestas, como si en su calidad de vigías los habitantes de toda cima hubieran de estar en pie desde primera hora para escrutar lo que sucede allá abajo.

La luz tiene esta mañana un inesperado sabor de atardecer, con algo de ese tono cremoso de los ocasos, y le da a estos pequeños valles un color húmedo que no parece el de un día de verano. La temperatura tampoco es la que corresponde a estos días: ha refrescado y el aire es casi frío, con una brisa tranquila que deja en la piel sensación de otoño.

Por debajo de la colina pasa un río chico pero tenaz, y sobre él se agarra ahora una especie de niebla muy quieta, abigarrada. Desde aquí parece un mar de nubes que no deja ver el fondo, y le vienen a uno ganas de imaginarse en una montaña más alta, de creerse que tras esa bruma vaporosa aún resta desnivel hasta llegar a las faldas del monte. Con un poco de imaginación, este día empieza para mí no en lo alto de una colina, sino en una cúspide lejana de alturas mayúsculas, con la sensación de poseer cuanto ahora veo, como un discreto amo y señor de estas tierras.

Si dormir arriba de una montaña nos hace parte de ella, despertar sobre su altura nos hace sabernos más parte de nosotros mismos, confirma de pronto las certezas que guardamos. Es la conquista paralela del espacio y el tiempo, de la cima y del día que comienza, y del que uno se siente regente absoluto al observarlo por vez primera desde su techo. Y en el despertar, al igual que sucede en la noche, las colinas dejan ver con más ahínco su espíritu de montaña, abren los ojos al día con una altivez montañera, y según avanza la jornada se van dejando aplacar hasta ser de nuevo colinas humildes.

El mundo se ve pequeño desde aquí arriba. Parece que no fuera una tarea muy compleja procurarle cuidado. En estas horas del alba, la colina, aun desde su poca altura, da una perspectiva en la que todo allá abajo parece en un letargo plácido y sencillo de velar desde esta atalaya.

Recojo mis cosas y me pongo en marcha de nuevo para empezar un día allí en las bajuras. Porque el día no comienza en realidad cuando el sol asoma tras el horizonte, sino cuando uno mismo desciende desde ese horizonte y vuelve a ponerse bajo los dictados de sus costumbres.

En los sotos del camino por el que bajo crecen zarzas ahora llenas de moras bien maduras, negras y brillantes. Recojo un puñado de ellas y me las como de camino, recogiéndolas en la mano y metiéndolas en la boca de golpe, igual que recuerdo hacerlo también de niño. Me acuerdo de pronto de un día de verano en que recogí muchas moras después de toda una mañana, guardándolas en un cubo blanco de playa con dibujos de animales. Yo tendría unos ocho años y mi abuela estaba conmigo. Después me las comí a puñados igual que ahora.

No debe haber mejor manera de empezar el día que esta: descendiendo una colina hacía el mundo cotidiano donde habitan los recuerdos más profundos.

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