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Hay colinas cubiertas de bosques, o de setos salpicados, o de matorrales, o de praderas, o de cultivos que a veces sin pudor alguno trepan hasta la misma cumbre. Hay colinas peladas, coronadas de hierbas resecas o tierras pobres que dejan un baldío cimero que las hace sentirse más montañas, con el hálito mineral de las grandes cimas. Hay colinas uniformes, monótonas, y otras surcadas de sendas o con aire infranqueable, o tal vez no más con el trazo difuso que dejan a su paso las vacas sobre un prado. La de las colinas es la estampa más rica y viva de todos los paisajes, una almazuela de parches vivos, de ocres y verdes, donde caben al mismo tiempo las verdades y los caracteres del llano y la montaña.De entre todas esas colinas, mis favoritas son estas mías de aquí, colinas de pocos árboles, de arbustos discretos y cultivos y barbechos, colinas donde la vegetación no interfiere en los relieves y los deja asomar para que cuenten su historia. Confieso que me gusta la naturaleza a veces seca y parca de estas tierras, la fronda rala y el verdor pobre. La encuentro menos cautivadora pero más interesante que la de otros lugares donde la vida parece darse con más alegría y crecen junglas de árboles altos, bosques espesos y todo tipo de animales vocingleros y llamativos. Me gusta esta naturaleza porque no está revestida de misterio alguno y no deja lugar a fantasía, no se presta al retruécano místico. No es más que una naturaleza puramente telúrica y a la vez humana, un conjunto vagamente ordenado de tierra y vegetal donde no hay más aspiración que la de salir adelante.
El hombre se une a estas tierras de un modo sencillo, sin pretensiones, sin magias, solo habitándola y estableciendo un vínculo que es más una amistad cabal que un amor pasional e inconsciente. La simpleza de esta unión me hace valorar de un modo especial estos paisajes, tal vez porque es una filosofía en la que encuentro una forma digna de habitar un lugar y entenderse con él.
Incluso allí donde el verde crece con más vigor, en los sotos y pequeños bosques de frondas copiosas, la vegetación tiene un aspecto derrotado, como disfrutando de una ultima gloria antes de que el cultivo tome su lugar. Como quien lucha sabiendo que no hay nada que hacer y la victoria es imposible. La entereza de esa vegetación derrotada tiene algo de la humildad de los vencidos, algo que la hace digna de un cierto elogio.
Pienso que sobre ningún otro relieve se verían tan bien estos colores y estas tramas. Los contornos de las colinas están hechos para estos tonos, para esta vegetación tímida, casi entrañable, de la que no se ha de esperar milagro alguno. Y si es así, es porque la colina tiene el mismo sentir humano y sin misterio, fácil de asumir para quien no guarda aspiraciones sobrehumanas sino tan solo una visión real y pragmática de lo que el relieve significa para el hombre.
En los días claros, se avistan al fondo de este paisaje las grandes montañas, dejando sobre el lienzo rustico una pincelada distinta, etérea, como la identidad que tienen siempre las altas cumbres. Ponen una nota de misticismo sobre el paisaje frugal y rústico de estos campos, y al lado de ellos parecen relieves trascendentes donde tienen lugar otra clase de sucesos.
La montaña tiene siempre un aire más místico, inasequible no solo en el mero reto físico que implica, sino también en el halo esotérico que acostumbra a envolverlas. En las montañas el hombre ha situado siempre a sus dioses: en lo alto del Olimpo, en el Sinaí, en el Monte Kailash, o en cualquiera de las muchas montañas sagradas que todas las culturas del mundo han ido declarando a lo largo de la historia.
En Los otros dioses, Lovecraft escribía lo siguiente:
En la cima del pico más alto del mundo, habitan los dioses de la tierra, y no soportan que ningún hombre se jacte de haberlos visto. En otro tiempo, poblaron los picos inferiores, pero los hombres de las llanuras se empeñaron siempre en escalar las laderas de roca y de nieve, empujando a los dioses hacia montañas cada vez más elevadas, hasta hoy, en que solo les queda la última,
Es el hombre el que ha confinado los dioses en su hogar de las montañas. En su empeño por dominar las alturas, ha ido empujándolos hacia nuevas cumbres, y al mismo tiempo se ha empujado a sí mismo a seguir superando sus fronteras, alzándose más alto para conquistar esos otros dioses que guarda dentro, en esas siempre complejas mitologías personales de cada cual. Cuando la montaña no tiene dioses, el hombre la persigue para ser él mismo quien allá arriba se corone como tal, o hace de la montaña en sí misma un poderoso rito pagano.
A diferencia de las montañas, las colinas como estas han sido siempre un relieve terrenal y mundano, de culto escaso, donde tal vez lo que el hombre busque sea un poco de descanso de sus cosmogonías y sus simbolismos. En el equilibrio entre lo humano de la tierra y lo divino de los cielos, las colinas están mucho más cerca de lo primero, le acercan a uno hacia ciertas divinidades, pero nunca más de lo necesario, siempre manteniendo el contacto con lo real y lo tangible. No hay más mística en las colinas que un poco de inspiración y lo que la mirada sensible pueda atisbar en el paisaje; son accidentes del terreno desprovistos de todo elemento sobrenatural.
Quizás porque nunca guardé mucha simpatía por lo espiritual, las colinas me ofrecen un placer más cercano, un bienestar que no se sustenta en ideales o fes de ningún tipo, sino en ese extraño trascendentalismo de las cosas insustanciales, de las rutinas y los hechos comunes. Las colinas pueden entenderse sin creencias ni ritos, y son asequibles por igual en lo físico y en lo espiritual.
Hoy es uno de esos días en que el aire está claro y transparente, y desde arriba de esta colina se distingue el trazo de las montañas allí al fondo. Dan ganas al verlas de lanzarse a esas conquistas, buscar allá el mismo reflejo místico que dejan en la distancia. Pero luego el alma cotidiana, ávida de su calor cercano, le dice a uno que es mejor quedarse, echar tal vez otro rato en este mirador donde la vida es sencilla y guarda más realidad que magia. Y entregarse a la única liturgia que todo hombre comprende, que no es otra que la de sentirse satisfecho de sí mismo.