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Mis colinas son bajas y tendidas, y también muy juntas, agolpadas. Andan más o menos secas en el verano, pero reverdecen pronto si algo de lluvia lo permite. También mudan de color cuando los vientos de la tarde desvelan los enveses apocados de las hojas, y vibran cuando el sol les cae ligero en los primeros momentos del ocaso. En los cultivos que a veces pueblan las laderas, el tono es monótono y aburrido, pero a cambio tienen un soniquete dulce si los abanica el viento, ese alborozo crepitante que dan las plantas chicas cuando hacen su rumor de marejada. En lo humano, son colinas de un espíritu rural y labriego, decoradas tal vez con una pátina de resignación y arduas para quien no esté acostumbrado a los silencios de la tierra.

En otros lugares del mundo, crecen sin embargo colinas bien distintas que engendran paisajes que poco tienen que ver con estos. Ahí están las colinas que crecen al abrigo de las grandes montañas, o las que habitan los relieves planos donde nada les hace sombra. También están las colinas desiertas, azotadas por vientos sin misericordia, y las que albergan bosques espesos que hacen que apenas pueda verse la loma en sí. Hay quizás colinas que nunca han sido visitadas, porque todo pudiera aún ser posible incluso a estas altura de la historia, y están luego las colinas urbanas, los rincones más íntimos de esas ciudades bulliciosas sin mucho más relieve que el de sus edificios. El mundo está lleno de colinas de toda clase que merece la pena explorar, y que suelen pasar sin pena ni gloria por el carnet viajero de casi todos.

Yo arrastro sin más remedio mi espíritu colinero por el mundo. Allá donde caigo, las colinas que encuentro me piden visita y se me agarra en la voluntad un apetito de subirme hasta ellas. En cada lugar que visito, subo cuando puedo sus colinas y observo todo lo posible desde la altura moderada de sus curvas. Sste de las colinas es un turismo siempre espontáneo en el que no se sabe bien de antemano lo que ha de aguardarse, porque nadie cataloga los cerros ni las lomas menores, y en la lista de rincones a ver no tienen cabida los relieves de poca alzada. También puede decirse, si se entiende de otro modo, que esta es una tarea exploradora en la que todo se desconoce y el viaje no tiene otro destino que uno mismo, que es en realidad como debieran de ser todos los viajes de un cierto calado. Las colinas son un buen destino viajero, precisamente porque no son destino alguno.

Hoy escribo desde colinas ajenas, extranjeras. He venido a una tierra que no es la mía pero en la que hay también colinas, algo más altas que las que acostumbro a ver, algo más umbrosas tal vez, pero colinas al fin y al cabo. Desde aquí no se ven montañas en la distancia, y sobre las laderas habitan gentes y costumbres distintas, pero este es un panorama que me resulta desacostumbrado y familiar a partes iguales. Quien acostumbra a encariñarse con sus paisajes tiene después salvoconducto para llegar de igual modo al espinazo emocional de otros paisajes hermanos, le basta reconocer unas pocas cosas comunes para identificar como suyo un territorio que habla tal vez un idioma distinto, pero con el que sabe entenderse sin esfuerzo.

El camino que subo atraviesa un bosque denso, más denso que los que crecen en mis colinas de diario. A la mitad hay una mancha de árboles más claros, de un verde azulado, que desde lejos se ve bajar por la ladera como la lengua de un glaciar y parece con intención de extenderse al alcanzar la base.

Cuando llego arriba y miro hacia lo lejos, la vista del paisaje me lleva de vuelta al hogar de mis colinas, a esas colinas mías que son tan ciertas y ordinarias como la casa en la que vivo o el lugar donde compro el pan, colinas desprovistas de toda sorpresa y que se me han tallado ya en las retinas y en los vericuetos del alma. Aquí o allí, las colinas son ahora, y tal vez vayan a serlo siempre, el escenario natural de mis derrotas.

Sean colinas o altas montañas o bosques o llanuras parcheadas de cultivos o abarrotadas calles de ciudad, buscarse un paisaje en el que dejar nuestras referencias es una necesidad que tenemos desde antiguo. Tenemos un espacio dentro reservado para esa estampa frente a la que se nos achican los pulsos, del mismo modo que guardamos esquinas en los adentros para las personas, los recuerdos o los viejos amores.

Por encima de mí pasa un ave solitaria. Tiene una voz que no reconozco y unos colores de un brillo que conjuga bien con el de estas tierras. Se queda dando vueltas sobre la colina, luciendo ante mí su identidad desconocida, y al hacerlo me recuerda que hoy no subo a estas alturas para descubrir rincones del paisaje o solazar las inquietudes, tampoco para escapar de nada, sino tan solo para enfrentarme a mis nostalgias, a esas que esperan a que uno se sienta forastero para cernirse sobre sus humores. Cuando se aleja volando, creo ver sobre una loma la silueta familiar de un árbol, y me siento por un momento cerca de lo que ahora me falta.

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