6

La montaña nunca es una cuestión de logros y hazañas. No importa si son bajas o altas, si de escalada compleja o de ascensión amistosa, las montañas no son a fin de cuentas sino un escenario más de las viejas pasiones del hombre, de los mismos pruritos antiguos que unos gustan de poner en prosa, otros en canción y otros sin más atesoran a buen recaudo desde la paz de las alturas o sobre el filo de una arista donde el vacío amplifica tal vez las pocas certezas que se tienen. Y si resultan quizás mejor escenario que otros, no es como lugar de luchas y conquistas, sino más bien como decorado de ideas y reflexiones, de calmas y reposos de esos que necesitan un fondo de cierta profundidad en el que proyectarse.

Esto lo supe a ciencia cierta un día de verano, hace ya algunos años, desde lo alto mismo de una montaña. Mi padre, que fue montañero de aquella cima más que de ninguna otra, compartía conmigo ese momento y esos paisajes que tenían para él el regusto de lo cercano.

Años atrás, antes de que yo naciera, una mañana de un día de primeros de marzo, mi padre había escalado con sus compañeros de entonces un aguja cercana y vertical, un pilar modesto pero arduo que ahora conmigo, sentado en esta otra cumbre, miraba desde una perspectiva distinta. Cuando bajaron y contaron a otros su escalada, alguien les dijo que aquella fuese tal vez la primera invernal de esa pared, un logro nada exuberante pero logro bien meritorio al fin y al cabo, y supongo que sentirían un cierto orgullo y beberían algo a la salud de aquella hazaña.

Yo conocía aquella historia y la había oído contar en casa alguna vez, más con aire de anécdota que de trofeo, y siempre con capacidad de evocar una punta de nostalgia inevitable. Se la volví a escuchar a mi padre esa mañana, allá arriba, mientras mirábamos las rocas entre algunos otros de sus recuerdos. Y entonces me di cuenta de que el orgullo de aquella mañana de un marzo lejano no era para él el de haber sido el primero, sino por encima de ello el de haber podido disfrutarlo y regresarse después a la vida corriente, el de ese posible trago de después, el de la amistad de aquellos viejos compañeros suyos de cordada, el de todos los otros recuerdos que aquella sierra le traía y que se habían ido formando por igual en las bajuras y los valles. Lo que en realidad supe en aquella cima fue que mi padre tenía muchos motivos de orgullo mayores que cualquier hito que pudiera guardar en su cartilla de alpinista, y que yo mismo, allí mientras los dos compartíamos ese momento, era uno de ellos.

Necesitamos decorados para representar el teatro de nuestras pasiones, y en la soledad de la montaña lucen mejor que en ningún otro lugar los dramas, las comedias o las tragedias que cada uno guarda. Las mismas que nos sirven para acuñar los orgullos, las satisfacciones mayores de la vida que nunca están en las grandes victorias, ni en las primeras ascensiones, ni en los hechos únicos, sino en los gestos de humanidad más básica que aquí entre montañas tienen una épica extraña y reconfortante.

El de las grandes montañas es un escenario grandioso, pomposo a veces, donde venimos a representar las obras de más relumbre. A su lado, las colinas y los cerros son escenarios humildes donde el público queda cerca y el hombre corriente pule su ilusión sobre unas tablas desgastadas pero ciertas; escenarios que, pese a todo, sirven de igual modo para dar vida a nuestros pulsos y nuestros orgullos, y que si uno sabe buscarlo guardan ese mismo halo de relevancia que otros paisajes más gloriosos: las grandes montañas, los desiertos, el corazón profundo de los océanos.

Hoy subo una vez más a esta colina mía donde nunca logré nada y donde no ha de acontecer más suceso que esta rutina, y después de otear el paisaje unos minutos desciendo y la dejo atrás como si nada hubiera sucedido. Me llevo apenas una calma insípida, la brizna de un recuerdo, ese vacío de las ascensiones y conquistas que, al igual que nosotros mismos, no tienen valor ni relevancia alguna, y que tal vez por eso signifiquen tanto.

← · ↩ Índice · →