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Mar de nubes desde lo alto de la colina. Es una vista inesperada, por cuanto aquí rara vez suceden tales visiones, pero al salir de esta niebla fina y llegar arriba, se ve hoy todo cubierto de una pátina perlada y el relieve de las colinas deja de existir por un momento. Tan solo logran vencerlo un árbol alto y sin hojas y un depósito de agua algo más lejos, como únicos símbolos que uno pude usar para calibrar la mirada. El árbol, con un porte más señorial y robusto ahora, más altivo sobre ese nuevo horizonte que dibujan estas nubes bajas. El depósito, gris y frío, con el empaque extraño que tiene las cosas grandes y artificiales en mitad de los paisajes, casi intimidantes, dejando la sensación que uno debe tener cuando encuentra un barco hundido en mitad del mar, porque los artificios desproporcionados dejan todos ellos una inquietud así.

No es en realidad un verdadero mar de nubes, uno de esos algodonosos que tienen sus curvas y sus propias colinas hechas a su vez de otras nubes; es solo una pequeña bruma densa parada allá abajo, de un color liso y sin relieve, nada más. Pero ¿qué importa esto si desde aquí arriba deja la misma sensación de grandiosidad que uno aquellos genuinos tapices blancos? ¿Qué hay de malo en engañarse a uno mismo en estos asuntos nimios de las creencias y las percepciones? Resulta, de hecho, más fácil creer ahora que esto no es una colina sino una montaña, que se está en la lejanía de esas alturas desde las que, al igual que desde aquí, uno no alcanza a ver con detalle aquello sobre lo que domina. Así, de la misma manera ciega y condescendiente en que se ejercía gobierno sobre los grandes imperios, así el montañero vela en silencio el descanso de sus dominios.

Pronto viene el viento a resolver estas ínfulas nuestras, y en unos minutos se lleva la niebla y vuelven a surgir de la tierra las laderas de estas colinas. Y nos recuerdan que no estamos tan altos como creíamos, que no poseemos mucho más que lo que somos capaces de abarcar entre los brazos. Y es bueno, y así ha de ser, porque las grandezas, cuando son fugaces, son también más dignas y hacen al hombre más merecedor de la gloria a la que aspira, cualquiera que esta sea.

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