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Aquello que sientas haber perdido, ve a buscarlo a la montaña. No hay nada como una montaña para emprender la búsqueda de lo que de pronto nos falta, o emprender huida de lo que ahora nos pesa o buscarse un desahogo para las heridas que no tienen ya forma de sanarse. En los momentos en que se necesita un alivio urgente para los adentros, una montaña es un plan de contingencia siempre dispuesto, siempre esperando que uno vaya sobre ella a depositar rabias o llantos o el incierto miedo a las futuras tristezas.Ahora me da por pensar que, de llegar ese momento, no lo haré en lo alto de una montaña, sino arriba de una colina. Me subiré a un lugar como este de ahora y buscaré lo que se haya de buscar en esos trances, y bajaré después quizás con los mismos odios y amarguras, o tal vez habiendo dejado una parte de ellos en estos altos.
Los lugares desde los que se logra amar el mundo con más intensidad son también los más idóneos cuando de odiarlo se trata, aquellos en los que uno se siente más seguro cuando ha de encararse a la vida frente a frente. A la espera incierta de que algún día ese momento llegue, no encuentro ahora mejor lugar que una de estas colinas para tal desahogo violento y urgente.
Sucede, en realidad, que los hogares que uno encuentra en la distancia, amables pero apartados de donde discurre el tiempo cotidiano, son los mejores lugares para las intimidades desacostumbradas. Es allí a donde se ha de ir para confesar los arrepentimientos y las iras, pero también los secretos ligeros que si uno los guarda acaban lastrando el espíritu a base de acumularse en los adentros.
La montaña es hoy más que nunca un lugar de evasión, el rincón al que el hombre moderno se fuga para dejar sus lastres, ya sean estos ligeros o pesados: las angustias de la semana, los recuerdos incómodos que persisten, las dudas cuando la vida se antoja sin demasiado sentido. Cuando no se sabe muy bien a dónde ir para salvaguardar las certezas que nos quedan, la montaña es un refugio perfecto, sin errores, y esto bien se sabe ya desde antiguo.
Sobre estas alturas de las colinas pueden dejarse de igual modo los desencantos, se puede perseguir una catarsis como la que la montaña más indómita procura, pero tal vez el efecto sanador del paisaje de colinas sea más bien un bienestar rutinario y sin excesos. Quizás la de las colinas no sea una terapia tan eficaz y directa como la de las montañas; el hombre perseguido por sus fantasmas no se sabe en ellas tan a salvo de todo como lo está cuando anda perdido en la soledad de las grandes cimas, pero son un bálsamo dulce para las pequeñas insidias que nos aquejan en el día a día. La colina es la cura preventiva para esos males del alma que solo puede sanar una montaña.
Ahora, para quitarme las pocas inquietudes que me asedian estos días, escribo estas líneas aquí arriba. Y las mando a navegar por las páginas de un libro, a buen recaudo y sin riesgo de que conspiren ya en mi contra, que los libros, al igual que las montañas, siempre han sido fieles compañeros cuando se trata de librarnos de nuestros demonios.