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A las colinas les suele faltar el folclore de las montañas. Todas esas costumbres que allá más arriba son moneda corriente, todos esos ritos de montañeros y refugios y ascensiones tempraneras, todos faltan en la tradición mal provista de las colinas. En la colina no existen tradiciones cotidianas, y quien las sube no está obligado a cumplir ritual alguno más que lo que el instante mismo de llegar arriba le inspire, que suele ser siempre poco y rara vez dispuesto a compartise con otros. El de las colinas es un imaginario escaso, sin mucho bagaje, en el que cada cual hace las cosas a su manera.

Me he propuesto que esta colina mía a la que subo a menudo sea una verdadera montaña, y quiero empezar por darle algo de ese folclore montañero. Por eso, hace unos días me subí hasta aquí con una pala de mano en la mochila, un pequeño tronco al hombro y una caja chica pero recia, y con más ilusión que maña instalé en este rincón uno de esos buzoncitos que pueblan bucólicamente las montañas por todo el mundo: un buzón de cumbre. Ahora mi colina tiene una forma de procurarse el vínculo montañero más romántico, ese de establecer correspondencia con otros desconocidos a quienes, a pesar de la ignorancia mutua, nos une la pasión compartida de las alturas.

No espero que este buzón tenga mucha actividad. Desde que lo puse creo que nadie lo ha visto siquiera, y por supuesto nadie ha dejado nada dentro. Lo más probable es, en realidad, que nadie haya pasado por aquí arriba y esto vaya a seguir así durante mucho tiempo. Por aquí no pasa apenas gente, y esa soledad tan hiriente de estos altos la va a sufrir este pequeño buzón igual que yo mismo cuando vengo y me quedo a contemplar la vista. Por si acaso, he dejado una nota dentro que todavía sigue ahí alicaída, y que a veces yo mismo releo con una inquietud extraña.

En los buzones de montaña uno deja su tarjeta y no suele volver hasta pasado un tiempo, o quizás no vuelve nunca. Si los azares le son propicios y quien la encuentre cumple con el rito, la tarjeta retornará al montañero. Y si no, las más de las veces, alguien al menos le echará un vistazo y la pondrá a mejor recaudo para dejar espacio a otras nuevas misivas. La de dejar noticia de nuestro logro en el buzón de una montaña es una tarea sin esperanza, que se hace con ilusión pero sin aguardar en realidad nada.

En esta colina soy yo mismo quien vuelve casi cada día a revisar mi particular correspondencia y tomarle el pulso a esta existencia solitaria. Y aunque no guardo ya expectativa alguna de encontrar otro mensaje que el mío, a cada visita y cada vez que miro dentro va creciendo una curiosa sensación de poseer este lugar, la certeza corroborada por esta caja vigía de que este rincón es mío y nadie más parece tener intención de conquistarlo. Esta colina se va haciendo un reducto íntimo y personal, parte de la historia que algún día habré de contar sobre mí mismo, igual que una montaña que uno hubiera logrado subir antes que nadie y la sintiera pertenecerle. Cuando las posesiones son inciertas, necesitamos testigos que nos confirmen lo que es nuestro; cuando atesoramos cosas vagas como un paisaje, el ángulo final de una montaña, el tiempo o la felicidad misma, de las que cuesta creer que seamos dueños.

Tal vez un día venga y deje guardado en el buzón este mismo libro que ahora escribo, que a fin de cuentas no es más que una colección de apuntes escritos al arribar en estas cimas. Para volver a encontrarlo según vuelva y repita el rito de verificar la identidad abandonada de esta parcela. Y aunque las emociones en las colinas ya digo que son algo errático y volátil, esta se me antoja hoy, paradójicamente, una forma sólida de dejar algo de uno mismo, algo que ha de resistir el paso del tiempo mejor que nosotros. Quizás para recuerdo de otros, o quizás tan solo para que el olvido al que inevitablemente estamos condenados nos resulte más tolerable.

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