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Día de lluvia y viento y niebla sobre las colinas. El cielo más que gris y nublado parece cubierto por una capa de polvo densa sobre la que podría escribirse un nombre o hacer un dibujo con el dedo.

Éstos son mis días favoritos para subir aquí arriba, justo cuando nadie lo hace ni en esta ni en las otras colinas, y cuando la soledad además de silencio tiene un cierto barniz de desamparo. Aún me siento más solo aquí arriba que de costumbre, más incluso que en las noches, y este dialogo entre la colina y el hombre se hace ahora más personal, más directo, como si se hiciera ya sin testigo alguno.

Hay tanto que pensar sobre esta visión de una colina recostada bajo la lluvia. Por ejemplo, quién diría que estas colinas se han hecho a partir de los quebrantos de las tierras y los magmas, que un día fueron montañas y acabaron siendo lo que son ahora después de siglos y siglos de erosión y desgaste. Más parece que se hubieran moldeado ya en su origen con esta forma, amasada con vigor la tierra, torneada después con cariño y cocida por fin en el infalible horno de los días soleados. Que se les dio sin más esa línea suave, el perfil de curva dulce que se le da a las ánforas, a los laudes, a la hoja templada de una navaja. Hay un algo artesano en el cuerpo de las colinas, un algo paciente y laborioso. Una colina es una montaña hecha con más mimo, sin asperezas, el producto de una mano experta en los equilibrios de la mirada y el anhelo.

Día de lluvia y viento y niebla sobre las colinas, y también abajo, porque aquí la altura es poca y nada de este tiempo cambia, y el regreso a las bajuras es acogedor no porque nos ponga a salvo de una temperie violenta, sino porque resguarda las certidumbres que allá arriba fuimos poniendo en duda.

El cielo sigue con su aspecto cenizo y polvoriento. Con mi dedo, trazo la figura de una colina en el horizonte.

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