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Si las colinas se han de subir con el pálpito mismo de las montañas, las montañas deben subirse con la despreocupación de las colinas.Debió haber un tiempo en el que las montañas se subían como se suben hoy las alturas más breves: por el mero hecho de hacerlo. Se coronaban las pendientes sencillas y se dejaban de lado los escarpes más arriesgados, donde no valía la pena jugarse el tipo, y raro era quien iba a medir los interrogantes de su vida sobre las paredes más difíciles.
Ya no es así como se suben los picos altos o los roquedos que llaman la atención desde sus distancias; la conquista de la montaña no es ya esa experiencia sin objetivos y sin rédito alguno en su sustrato. El montañero no es ya más ese «conquistador de lo inútil», porque la montaña en sí, cuando uno alcanza a domeñarla, tiene un valor práctico, útil, obsequia una recompensa cierta y casi tangible.
No se es ya tan soñador como antaño cuando se añade en el zurrón de logros una nueva altura, y la verdadera inutilidad de las cimas requiere demasiado idealismo para ser completa. O tal vez, por el contrario, se sea demasiado idealista, demasiado bohemio, y se le dé a la montaña un valor que no posee.
A las colinas, sin embargo, se sigue subiendo por poco más que el placer de caminar sobre sus laderas. El ascenso a una colina se hace sin objetivo y sin hito alguno en el camino, del modo en que se dobla una esquina o se cruza un arroyo, elementos que sirven tan solo para dejarlos atrás y encarar la siguiente legua del viaje. Pero subir así sin más, con indiferencia, a veces puede resultar el más profundo de los homenajes, porque da a la montaña un papel cercano y un lugar en aquello que somos cotidianamente.
Quizás deberíamos volver a subir así las montañas, sin epopeya alguna, rutinariamente. Hoy que parece estar de moda reivindicar las costumbres antiguas, es tal vez momento de recuperar esta forma primigenia de hacer montaña, y subir todos los relieves de este mismo modo en que se sigue haciendo en las colinas; esta forma de alcanzar una cima en la que lo importante no es la cima en sí, sino todo cuanto resta de ahí en adelante.
Paseemos las montañas, transitémoslas; olvidémonos de coronarlas, de ascenderlas, de hollar sus cimas; no le demos a la cumbre más importancia que la de ofrecernos la mejor vista y concluir la fatiga del ascenso. Bajemos de la montaña sin haber logrado nada, con las manos vacías, y que todo lo que podamos contar de nuestra empresa sea un recuento de pasos y piedras.
Los lugares que se aman de veras no son aquellos que uno visita, sino aquellos en que consigue vivir, o al menos instalar por un instante una suerte de hogar en que ejercer sus rutinas. Porque este amor a los paisajes, como todo tipo de amor, es al final algo rutinario hecho de momentos repetidos que van uno tras otro dejándonos allá dentro su poso, y que al cabo del tiempo, sin saber bien el porqué, consiguen soliviantarnos el pozo mismo de las pasiones.
Es así, de este modo, como me he ido enamorando de estas colinas, a fuerza de repetir las rutas sobre las vértebras de estos relieves que no despertaron ni despiertan hoy emoción alguna, ni sorpresa, ni júbilo. Y es así como me gustaría subir ahora las grandes montañas, o aventurarme en los océanos, o emprender viajes a sitios lejanos, y quién sabe si tal vez acabar enamorado también de esos lugares.
La clave para llevar a buen puerto las empresas mayores reside en afrontarlas con humildad, como pequeñas tareas, atacándolas con pulso firme e ilusión pero sin almidonar demasiado los orgullos. Y es probable que el secreto para ascender las montañas esté aquí, en sus hermanas menores, en estas colinas mismas que yo hoy subo.