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Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña.
Pero a veces no es necesario ir a ningún lado, basta con buscarse un oteadero y tener un poco de paciencia y todo, incluso las montañas, acaba acercándose. Desde aquí, subido ahora a una colina cualquiera, se sienta uno a mirar hacia el sur y a través de la primera calima del día comienza a intuir el perfil de las montañas. Cuando el sol arriba, va trazando poco a poco los contornos con pulso firme, se empiezan a distinguir los tonos allá a lo lejos. Con el día ya entrado, se ve entonces el relieve, el color de la nieve, allá sobre los picos aún lejanos. Y después, al final de la tarde, en el contraluz del ocaso, la montaña parece estar aquí, bien definida, inspiradora, dispuesta a escuchar lo que queramos contarle. La montaña vino hacia nosotros. Y el profeta que llevamos dentro puede predicar entonces su verdad abiertamente.
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