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El invierno ha llegado a las colinas. Sobre su curvas hay ahora una capa tímida de nieve que desaparecerá en unos días y tal vez no vuelva a verse en lo que queda de estación. En los árboles, la nieve espolvoreada apura el tiempo de una vida aún más efímera.En estas latitudes, la nieve es un asunto de grandes montañas, de las alturas donde el invierno sabe asentarse con verdadero propósito. Aquí abajo llega no más algunos días, se asoma para clarear el verde de los campos y las lomas, obsequia ese helor insidioso de los lugares templados y da brío a la lumbre que en el resto de días se enciende más por ceremonia que otra cosa. Después se va y deja el color vidriado de las frondas, quizás con algo de escarcha en ciertas mañanas, y el recuerdo de unas escenas bucólicas que no habrán de repetirse muy a menudo y tal vez por ello se sientan de este modo, por lo desacostumbradas y casi exóticas que resultan.
La nieve en las colinas tiene, sin embargo, una prestancia innegable, incluso mayor que la de esas nieves de más altura que perduran y forman el paisaje de montaña en esta parte del año. Sobre las superficies dulces de las colinas, e incluso abajo en el llano cuando lo alcanza, la nieve guarda un aire distinto, más calmo, y al observarla uno piensa que es ahí, lejos de todo relieve, donde en realidad luce todo su esplendor. Acostumbrados a observar una nieve de altas cumbres que se atenaza en los escarpes y cubre las pendientes, las colinas nevadas ofrecen otra visión distinta, con la belleza de una nieve reposada, dulcemente estable.
Si el sol brilla, el paisaje está lleno de detalles ínfimos: los brillos de un pequeño montón o el contraste de algunas hierbas que han conseguido mantenerse erguidas por encima de la nieve. Si el día es oscuro, la nieve devora el escaso relieve, engulle las sombras de los surcos y los montículos, y abajo en la planicie, allana más aún la superficie hasta que el horizonte no es solo una línea, sino una gran franja que casi alcanza hasta uno mismo y puede tocarse.
Hoy subo a estas colinas por primera vez desde que nevó hace unos días. La tarde es de un gris incómodo pero ya no volverá a nevar, si acaso tal vez llueva. Por el camino que sigo, la nieve está fresca, sin huella alguna pero deshecha, y es difícil saber si se camina por la senda o se anda fuera por mitad del campo. La hierba ahora es corta y queda casi toda bajo la nieve, sepultada. Si acaso algunas hierbas más altas o algún arbusto se atreven a asomarse por encima y otear sobre el blanco con un carácter valiente, explorador. O tal vez tan solo temerario.
Es una nieve blanda, apenas fría, y en las horas tempranas tiene un color de azul ligero. Es también una nieve húmeda, pegajosa, que envuelve las ramas como un musgo y se agarra a los troncos y allá abajo a los aleros de las casas, y se descuelga sin vértigo de cualquier saliente con la plasticidad de un atleta.
Aún habrá de durar esta nieve algunos días, los necesarios al menos para legitimar este invierno que con tanta timidez llega a las colinas. Luego se irá deshaciendo y se oirá en el campo el gorjeo de los arroyuelos que arrastran su deshielo humilde, de las piedras que gotean sin prisa o de los árboles donde aún se deshace un poco de blanco y escurre calmo y moroso, como un almíbar que embriagara los paisajes. Será el rumor con que se despiden las emociones de estos pocos días, algo así como el murmullo que dejan los últimos aplausos de una función.
Y después, cuando la nieve ya no esté, llegarán a este invierno los días de sol, que aquí, más que en ningún otro lugar que yo conozca, son unos días gloriosos en los que se aprende sin esfuerzo a amar los diciembres. En esos días de invierno en que la lluvia remite y el gris deja de instigar al paisaje, las colinas parecen tomarse una revancha bien meditada, casi triunfal. Los perfiles y las líneas del horizonte tienen estos días un soplo de grandeza: el aire toma volumen, las distancias se dilatan, los cielos parecen tensarse, hincharse, los espacios crecen a la mirada. El paisaje de colinas, con sus hileras de cerros dormidos, cobra una amplitud inesperada que llega de pronto y es incuestionable. Parece como si todo este campo alomado se reivindicara y se abriera de par en par en los días claros, dispuesto a recibir cuanto esa meteorología más dulce pueda traer.
Deshago el camino siguiendo mis mismas huellas, que se han ido marchitando con el resol de la mañana y tienen ahora formas difusas. Aquí en la colina todo es efímero y las cicatrices y las señales no duran apenas. Quizás mañana mi paseo vuelva a ser sobre la tierra mojada, sobre los colores de siempre, menos volátiles, más ciertos.