21
Una de las experiencias más reveladoras de un viaje es darse cuenta más tarde de que ese lugar sigue vivo en nuestra ausencia, pensar que la vida continúa allá donde estuvimos y a donde tal vez no vayamos ya a regresar. Cuando las emociones del viaje se han templado, comprender que ese lugar es ahora una realidad en la que nada significamos, y que será otro, un alguien extraño, quien lo haga suyo del modo mismo en que lo hicimos nosotros.Lo más incómodo y perturbador es ser consciente de que esos lugares donde dejamos un momento especial de nuestra historia tienen una rutina que no nos incluye y para la que no resulta tan especial lo que nosotros vivimos. Es algo así, tal vez, como imaginar la vida actual de una antigua pareja a la que perdimos e intentar asimilar la nueva realidad de sus días y sus noches. Hay un punto de resquemor en esos pensamientos, y también un algo de frustración y de impotencia.
Al viajero le ha de parecer siempre que los destinos de otro tiempo dejan ahora de ser destinos y son nebulosas extrañas, o incluso realidades ya perdidas del mismo modo que se perdió allá atrás en la senda del tiempo ese pasado en el que hizo su viaje. Al viajero, la idea de recordar los lugares en que ha estado tiempo atrás le anticipa esa otra idea mucho más incómoda, la más insidiosa de todas las reflexiones vitales, que no es sino la de pensar en cómo habrá de continuar su curso el universo una vez que uno ya no esté presente.
A veces pienso en las colinas cuando no estoy en ellas, sobre todo en algunos de los recodos de las cimas donde me gusta pararme. Imagino el lugar vacío, porque es así como seguramente esté, y esa soledad me parece aún más desolada que cuando la vivo allí mismo. Abajo, en los campos y en los pequeños bosquetes, en las carreteras que serpentean por lo bajo, pululan las gentes y los vientos y las luces de cada día, pero distintos, tan distintos ahora que no hay nadie observándolos desde allá en lo alto. Entonces tengo deseo de volver a subir a una colina, no ya por el hecho en sí de subirla, sino por recuperar esa verdad que la memoria insiste en proclamar como mía.
Lo bueno de las colinas es que pueden subirse sin dificultad y sin impedimentos, no es necesario preparativo alguno. Basta querer hacerlo y ponerse en marcha, del mismo modo que sucede para tantas otras cosas sencillas pero valiosas en la vida. Por eso las colinas pueden subirse a menudo, cada día, incluso si no se tiene más que un poco de tiempo. Yo creo que esta es la gran virtud de las colinas como lugar de viaje: la certeza que dejan en el viajero de que tiene una forma simple y asequible de borrar esas inquietudes que asoman al rememorar otras visitas, la tranquilidad de saber que es fácil regresar a ellas y revivir ese momento mismo.
A veces el viaje nos sorprende con un paisaje nuevo y distinto, o con una sensación inesperada a la que cuesta buscarle un lugar en nuestro catalogo de emociones. Otras, sin embargo, el viaje se hace para validar las memorias y buscar la calma que proporciona ver aún vivas nuestras referencias. Para comprobar que en nuestro pequeño rincón del mundo todo sigue tal como lo recordábamos.