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Las colinas tienen la altura perfecta para observar el mundo: lo suficientemente elevadas para poder atisbar en la distancia, pero sin quedar demasiado lejos allá arriba. Desde la colina se abarca un espacio amplio pero asumible, de límites que la mirada asimila sin dificultad y que no despiertan la fantasía ni la codicia.Al llegar a lo alto, me quedo mirando el paisaje que se domina desde aquí, y con un punto de humor, poniendo voz de terrateniente orgulloso, me digo a mí mismo en voz alta:
—Todo lo que ves te pertenece. Hasta donde alcanza la vista.
Luego desciendo y vuelvo a casa, convencido de que son ciertas estas palabras.