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El hombre debe tener unos sesenta años, es posible que más pero bien llevados, y que estos paseos en los que nos cruzamos contribuyan a esa lozanía que ostenta. Las manos las tiene sin embargo gastadas, casi ancianas, con el rastro evidente que sobre ellas dejan no ya los años, sino el trabajo y el uso intenso; tiene las manos de un agricultor, que ya podrían ser las de un carpintero, o de un marinero, o de un hombre que trabaja el mimbre entre sus palmas. A modo de bastón lleva una vara, que no es tan solo un cayado para apoyarse al caminar, sino la batuta con la que seguro viene orquestando desde siempre todo cuanto hace aquí arriba: andar, guiar los animales mientras los conduce por estos prados, golpear aburrido un matorral para aventar el tiempo lento de los campos.

Le veo algunos días, no demasiado a menudo, cuando coincidimos sobre alguna loma y nos saludamos, y salvo estos encuentros mis viajes por las colinas son siempre a solas. Todo lo demás es paseo solitario, un mano a mano entre los paisajes y sus nostalgias y yo.

Tiene un pasear lento, más que lento yo diría despreocupado. Habrá subido hasta aquí muchas más veces que yo, conocerá los dobleces de la tierra con mucho más detalle, e incluso puede ser que recuerde un tiempo en que esto era de otra forma, con otro verde o quizás con la vegetación ordenada de un modo distinto. Me gustaría saber qué parte de esta estampa convoca más en su mirada, o qué recuerdos se le agolpan cuando se detiene allí arriba a perder la vista, pero nunca hemos hablado más allá de un saludo y alguna que otra frase intrascendente. Y lo poco que hablamos nunca tiene que ver con estos relieves ni con lo que significa esta costumbre nuestra de coronarlos.

Los montañeros de bajuras somos montañeros a quienes pareciera no importarnos la montaña en sí, esta montaña nuestra que son las colinas, y a la que rara vez damos voz en el recuento de nuestras tribulaciones. Nos falta ese compañerismo de los montañeros de altura, esos que si se cruzan al subir una montaña se saben de inmediato semejantes, y el hecho mismo de estar allí es suficiente para decirles que tienen algo que tal vez debieran compartir.

Al contrario que en las montañas, cuando dos personas se encuentran sobre una colina no hay nada que indique de forma evidente que comparten una misma pasión. La colina es más un medio que un fin, un decorado arbitrario que un destino buscado. Pero yo sé que este hombre y yo podríamos sentarnos a debatir sobre montañas y colinas, sobre la solitud de las cumbres, sobre libertades y piedras y desniveles; y pienso que me gustaría preguntarle entonces, para confirmar nuestro espíritu común de montañeros, si ha subido también montañas altas y si tiene en estas alzadas menores los mismos comezones del alma que en aquéllas.

Hoy es temprano, más temprano que de costumbre, y en el aire hay una especie de bruma que deja sensación de distancia; se ven las colinas más inmediatas con un punto borroso, como lejanas. Estoy solo aquí arriba, como tantas veces, pensando que en el fondo no deja de ser hermoso tener estos oficios íntimos que no se comparten y que otros guardan para sí del mismo modo, tener pasiones como esta de alzarse sobre las montañas tímidas y chiquitas, y sobre las que no se habla y de las que a nadie le interesa ser partícipe. Pasiones tan simples y cotidianas, tan faltas de grandeza, que ni siquiera tienen nombre. Como una colina.

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