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Sobre los pliegues de las colinas se abalanzan los últimos óxidos del verano, los calores también últimos, dulces, y sobre el hombre que observa se ciernen los preludios de las soledades anticipadas y las nostalgias futuras del otoño.He subido a mi colina esta vez por una ladera desacostumbrada, atravesando una franja de barbecho y unos matorrales sin concierto, sin seguir camino alguno, campo a través y haciendo cima por un flanco imprevisto. Cuando se afronta este calvero de la cúspide desde un ángulo nuevo, por un momento parece que se mirase un mundo que no estuvo allí otras veces, una vista que no es la misma y un paisaje que nos observa de otro modo. Supongo que será por esto por lo que a las montañas se intenta subir por una o otra cara, abriendo nuevas vías, buscándole la guardia baja desde ciertos ángulos antes inexplorados; no ya solo por la dificultad en sí o por el reto mayor que supone, sino porque al hacerlo uno siente que ha conquistado una montaña distinta que nunca antes había logrado doblegar. Esto he aprendido hoy de las montañas subiendo a una colina.
Mirando desde esta dirección en la que llego, el paisaje me parece más terroso, con un aire cobrizo, aunque tal vez no sean más que las rojeces algo irisadas de estas tardes ya finales del verano. Me entretengo en ver cómo vibra el paisaje en la distancia, que por este nuevo costado de la colina guarda un cosquilleo y muy vivo, y rebusco para encontrar alguna casa solitaria camuflada con sus muros de ocre.
Ahora me da por pensar que apenas sé nada en realidad de estas colinas, de estos relieves, ni tampoco de esos pueblos de allá abajo. Casi todos los perfiles del paisaje me son desconocidos, y no soy ni siquiera capaz de decir los nombres de los árboles que crecen en las lomas. Todo este tiempo subiéndolas me ha servido tan solo para hacer crecer las necesidades y los vínculos, para hacer que cada vez necesite más el alzarme hasta aquí arriba y mirar todos los días un bosque, un cultivo, una pradera; detenerme a mirar un soto, a escuchar la marejada de un rumor de hojas; para encontrar ya más difícil estar en lugares que no tengan eso, que no huelan de vez en cuando a esta tierra, lugares donde las siluetas del atardecer no tengan forma de panza nostálgica, de copa de árbol, de bando de aves.
El conocimiento y los vínculos emocionales son verdades que no han de ir siempre parejas, y aunque el saber sirva a veces para apuntalar las pasiones, parece claro que se puede amar algo sin entenderlo, sin siquiera pararse a intentar comprender sus mecanismos. Todo apunta a que son solo esas necesidades y no las sabidurías las que me van creciendo ahora aquí dentro, y se me antojan mucho más complejas de explicar y transmitir que estas. A veces uno está hecho para amar los paisajes y las tierras, pero quizás no para entenderlos.