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Se ha llevado ya por fin el otoño las últimas hojas. La vista del campo ahora desnudo confirma lo que ya se sabía de otro tiempo: este paisaje tiene la belleza de las cosas completas, de las estampas donde nada se echa en falta. ¿Puede haber acaso panorama más rico que este de las colinas?Se diría ante esta vista que no falta ni sobra nada. Están todos los ingredientes que hacen un territorio así, mezclados en la justa proporción y con mano diestra. En apenas un par de colinas caben todos los elementos fundacionales del paisaje, como en una de esas ilustraciones didácticas de los libros de texto que explican lo fundamental de la orografía. O como en esas láminas en que aparecen los animales de un cierto hábitat, con un solo ejemplar de cada uno de ellos y todos muy juntos, en una armonía artificiosa pero muy aparente.
Puede verse un bosque de árboles caducos que ahora no son más que ramas, otro de árboles de hoja perenne, un seto, un pie solitario en mitad de una ladera, un cultivo a medio crecer, una parcela en barbecho, un pueblo, una casa aislada, un castillo, una carretera, un río, un valle, un coche, un tractor, un hombre. Pero sucede además que, cuando se siente empatía por un paisaje, a lo físico uno le empieza a añadir sentires, y entonces todas esas piezas traen a su vez emociones que encajar sobre el horizonte. Pueden verse así también desde aquí arriba las alegrías, las tristezas, las esperanzas, el deseo de alguien de regresarse hasta estos confines, los sueños con que se amanece en esas casas, las voces de las tardes, las intrigas, las despedidas, las nostalgias, algún que otro orgullo y también algún fracaso.
Siendo de este modo, es fácil explicar la felicidad que causa presenciar este despliegue: nuestro minúsculo cosmos de las colinas tiene en sí todo cuanto a un hombre puede un día serle necesario.