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Después de cruzar un pequeño soto, el sendero sale a cielo abierto y recorre una banda estrecha de hierba flanqueada por tierras baldías recién trabajadas, de terrones pequeños y aún con las líneas geométricas del arado bien visibles. Enfrente, sobre otra colina, se escucha el sonido de un tractor que surca de un extremo a otro su parcela y hace un ruido de motor viejo y de hierro tintineante. Quizás haya sido ese mismo tractor el que ha roturado el terreno que ahora cruzo, con idéntica paciencia haciendo virar la paleta de los suelos.Según se alcanza esta parte del recorrido, donde la senda comienza a coger pendiente, bien parecería que se ha llegado a una cierta altura mientras se sube una montaña, a ese límite en que ya la vegetación no crece más allá de algunas hierbas tímidas. A ambos lados, el suelo arado es un curioso abismo al que más vale no asomarse, mejor quedarse confinado en las amistosas hierbas del camino.
La vista de estas tierras desnudas y desiertas es dolorosa y le pone al caminante un punto de rabia en la mirada, y una brazada de empatía por los pequeños bosques y las vegetaciones que aún resisten al borde de esta fuerza implacable que son el campo seco y la mano del hombre. Pero también, por qué negarlo, es una vista con un cierto valor estético, con la lisura de la tierra y su grano tan fino, y con ese morbo extraño de las cosas decadentes, a veces incluso feas, que alcanzan a pesar de todo a provocar una cierta emoción en quien las contempla.
Por alguna razón, reconforta mirar este paisaje ahora, a estas alturas del año, cuando la tierra desnuda ocupa su espacio con más autoridad. Reconforta este contraste de los barbechos y las espesuras, de los verdes y los ocres, de las desolaciones y las vidas.
Más allá, en la distancia, otros campos iguales y otras formas disputan la nostalgia del montañero. Por ejemplo, un baldío igual de seco que estos, pero en el que crece un árbol solitario y orgulloso junto al que las líneas de la labor se desvían con una plasticidad humilde, como asustadas.
Me detengo a observar y a imaginar el retorno de los tiempos en que el cultivo está alto, en que los colores son otros y hay un ondular rítmico cuando sopla el viento. Ajeno a mí, en la colina de enfrente, el viejo tractor sigue con su cantinela, haciendo a esa colina algo más montaña, más cima inhóspita, dándole algo de esa desolación punzante pero cautivadora de las alturas.