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Se dice que la amistad sublima la incomodidad de los silencios; junto a un amigo no importa si uno no habla, porque el otro entiende que, aun a falta de conversación, es mucho más que palabras lo que se comparte. Siendo de este modo, cabe preguntarse, ¿qué clase de amistad es la que se guarda con una montaña, con una colina, si al llegar a lo alto lo único que vale la pena es quedarse callado y mirar a lo lejos? ¿De qué está hecho ese vínculo si el montañero y el paraje prefieren observarse el uno al otro, guardar siempre silencio, dialogar dejando que las palabras claudiquen ante la voz de los paisajes?

Se le debe amistad a los relieves que uno transita, poco más tributo piden estos predios que el de dedicarse un cierto apego mutuo.

El de hoy es paisaje triste: la tierra desnuda, el cielo gris, el viento esparciendo sus hebras de desidia. Vine a la colina para buscar la compañía de estos altos, para sentarme en silencio y mirar a lo lejos, como quien fuera a visitar a un amigo en horas bajas y se sentase a su lado, con una mano en el hombro y sin decir nada. A veces nos hace falta un compañero, pero las más de las veces lo que necesitamos es sabernos nosotros mismos compañeros de alguien. Quizás no haya otra razón para subir a cualquier montaña o colina en un día como este que la de confirmar que aún valemos para sostener las pesadumbres de otro, ayudar a las cimas a soportar la soledad de estos momentos.

A uno le gustaría invocar las colinas en silencio, igual que cuando estuvo allí arriba, como si memorara esos momentos de camaradería entre sí mismo y aquellas alturas. Por eso lo viene a escribir aquí, como en voz baja, para disfrutar de nuevo de esos panoramas callados y de la amistad que representan. Y porque esas escenas de allá arriba son como la literatura misma: silenciosas y hechas de símbolos, pero siempre llenas de significado.

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