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De lo alto de las colinas se regresa siempre, se vuelve al hogar de las bajuras donde uno habita y reposa al cabo del día las inquietudes. No es arriba de las colinas, ni tampoco de las montañas, donde se vive y se deja escrita la voluntad de ser quien somos.

Podemos atarnos a los paisajes como a las personas mismas, y en su recodos singulares destejer los episodios más notables de nuestro tiempo, pero en el balance final, el paisaje, pese a ser el sustrato más fundamental de nuestras nostalgias y orgullos, queda siempre por detrás de quienes lo viven con nosotros, de las gentes que le han dado el aroma con que hoy nos llega.

Déjenme decir algo, ahora aquí sobre la colina y a punto de emprender camino de vuelta hacia allá donde me esperan: el paisaje más hermoso, el rincón más capaz de afectarnos y arremolinarnos las vísceras, nunca será tan hermoso como un ser cercano. Porque el paisaje no es en realidad sino una manifestación, la más solida tal vez, de las gentes con quienes compartimos una parcela del mundo y de lo que sentimos al hacerlo. Es la gente y no estos relieves, ni estas curvas, ni estos horizontes, ni estos colores, ni las soledades ceremoniosas y puras de las más altas cimas, las que valen la pena en el recuento último.

Conviene recordarse esto a veces, escribirlo incluso para así no incurrir en el sesgo de ciertas melancolías. Conviene que las colinas, y las montañas, y todas las geografías que visitamos, nos recuerden que no son ellas quienes de verdad importan, sino el perfil humano en el que moran. Porque son los paisajes quienes habitan en los hombres y no al contrario.

Desde la colina, a paso lento, regreso a casa, allá donde me esperan.

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