Una brisa ligera
Es un mediodía de agosto y dona Encarna ha ido a la pastelería de don Buñuelo a comprar una tarta para el cumpleaños de su nieta. Pero cuando llega, delante de la tienda hay una larga cola de gente esperando. Doña Encarna pide la vez y se pone a la fila, algo preocupada porque no sabe si le dará tiempo a comprar la tarta y llegar a la hora de la comida.
El sol está ya alto y hace calor. Doña Encarna, que siempre va bien preparada, saca de su bolso un abanico y empieza a abanicarse. Le corre una brisa ligera por el cuello, y con eso siente un frescor muy agradable.
La fila apenas avanza, y el sol va subiendo cada vez más, así que doña Encarna agita el abanico con más brío. Ahora produce un vientecillo algo más fuerte, que no solo la alcanza a ella, sino también al señor Tomás, que espera delante para encargar una tarta de chocolate. El señor Tomás, igualmente acalorado, agradece que le llegue un poco aire.
De la tienda salen un muchacho con un cruasán y una señora con una bolsa de magdalenas, y con eso la fila se mueve. Pero todavía queda mucho, y doña Encarna está nerviosa. Entre los nervios y el sol que está ya casi en todo lo alto, vuelve a acalorarse y le caen de la frente unas gotas de sudor. Agita el abanico con más fuerza aún y suspira aliviada.
Ahora el señor Tomás ya no agradece tanto el aire, porque sus pelos se han desordenado y parece que acabara de despertarse. Delante de él, doña Margarita tiene que sujetarse la falda porque el aire que produce el abanico de doña Encarna ha empezado a levantársela.
—¿Por qué esto no avanza? —se pregunta en voz alta doña Encarna diez minutos más tarde, después de ver que la fila no parece moverse.
Y como empieza a desesperarse, mueve su abanico con más vigor.
Los pelos del señor Tomás apuntan hacia lo alto como si hubiera metido el dedo en un enchufe. Doña Margarita sigue sujetándose la falda con una mano, pero con la otra tiene ahora que sujetarse la peluca para que no salga volando. Y más allá, una chica joven que espera para comprar un bizcocho sujeta con fuerza a su perrito, que es tan pequeño y ligero que la ventolera de doña Encarna lo alza del suelo más de un palmo.
Pensaréis que, con ese huracán saliendo de su abanico, doña Encarna ya no tendrá calor y estará a gusto esperando que llegue su turno. Pero no es así. Este es un día tan caluroso que ni con aquello se siente bien. Y como sigue acalorada, intenta abanicarse todavía con más fuerza.
Ahora del abanico de doña Encarna sale un vendaval que levanta al señor Tomás hasta dejarlo colgado de un árbol y más despeinado que nunca.
Doña Margarita, con la falda subida hasta taparle la cara, sale volando en dirección contraria a la de su peluca, que acaba aterrizando dos manzanas más allá en el nido de un cuervo.
La chica del perrito, que no quiere acabar por los aires, echa a correr calle arriba mientra el viento levanta a su caniche de tal manera que parece que fuera un un globo.
También sale volando doña Tilde, que al ver cómo aquel huracán la levanta del suelo, intenta protestar. Pero se calla de inmediato, porque el aire es tan fuerte que, al abrir la boca, se le sale la dentadura postiza. Después de un montón de piruetas, los dientes acaban en el nido del mismo cuervo, junto a la peluca de doña Margarita.
También salen volando un niño con una bicicleta, un chico joven, y una madre y el carrito de bebé en el que lleva a su hijo. Don Boliche, que es un hombre gordo que esperaba para comprar una empanada y una caja de palmeras de chocolate, no sale volando, pero el viento lo pone a rodar calle abajo y se pierde de vista.
Ya no queda nadie delante de doña Encarna, pero ella está tan concentrada en ventilarse que no se ha dado cuenta y sigue abanicando como si nada.
En la tienda de don Buñuelo se ha ido formando un remolino que de pronto levanta por los aires pasteles y rosquillas, y estos salen uno tras otro por la puerta como si fueran pájaros.
—Después de tanto esperar, y me he quedado sin tarta —se lamenta doña Encarna cuando mira y ve que los mostradores están vacíos.
Don Buñuelo, que estaba agarrado a la caja registradora para no salir volando él también, aprovecha la ocasión para echar el cierre. Y doña Encarna, sin nada que hacer allí, guarda su abanico y se pone a andar hacia la casa de su nieta, triste por no tener ningún pastel que llevar.
Mientras tanto, la bandada de dulces cruza la ciudad y choca contra los edificios, derriba la cometa de un niño y se engancha en los cables del teléfono. Una tarta de nata muy blanca se estampa contra la cara de don Anselmo, que había salido en ese momento al balcón de su casa.
Por la ventana del piso donde vive la nieta de doña Encarna, se cuela una tarta de chocolate que, milagrosamente, aterriza en perfecto estado sobre la mesa del comedor.
—Me encanta esta tarta —dice la nieta de doña Encarna al verla.
Y aunque su madre no entiende bien cómo ha llegado hasta allí, se apresura a meterla en la nevera para que no se estropee, justo cuando la abuela llama al timbre.
Después de la comida y de haber cantado el cumpleaños feliz, en la tarta se encienden diez velas rojas que la niña sopla con ilusión.
—Otra vez, mamá —pide emocionada, y la madre vuelve a encenderlas—. Abuelita, ¿quieres soplar tú?
—Uy no —dice doña Encarna—, eso son muchas velas para mí, yo no tengo fuerzas para soplar tanto. No podría apagar eso ni aunque me ayudara con mi abanico.